lunes, 17 de junio de 2013

Cinco rosas rojas

He querido madrugar, padre, para irte a ver a la Almudena. Sabía que estarías incómodo, bajo tu lápida de granito donde todo debería ser paz y descanso. Te suponía removiéndote inquieto, hoy,  que precisamente se cumple el vigesimoséptimo aniversario de tu entrega total, de tu muerte de soldado, a las miserables y cobardes manos de ETA.

Sé que en los luceros preocupan ya poco las cosas de la tierra, pero también sé que aquellos que entregasteis la vida, conscientes de que ese riesgo era parte del precio aceptado por amar, no os termináis nunca de desligar de lo terreno, y con el rabillo del ojo procuráis vigilar nuestros pasos, guiar nuestros esfuerzos y servir de luz a los que vivimos y bebemos de las mismas heces.

Y en esa vigilancia, padre, no habrás podido evitar asistir con asombro, con asco, con pena inmensa, a los acontecimientos de este fin de semana en Biarritz, donde una vez más se ha consumado la felonía que el gobierno socialista dejó en manos del popular, y que el popular aceptó con la misma frialdad, la misma cobardía, la misma miseria moral y falta de escrúpulos, de los que ha hecho gala la derecha española durante toda su existencia.

En Biarritz, en una ciudad de un país supuestamente democrático, perteneciente al ámbito único de decisión de la Unión Europea, alineado - también supuestamente - con España en lo que a la persecución del terror se refiere, una suerte de inmundicia humana, buscada en todas las cloacas (¿o no tan buscada?) del planeta, por sus crímenes infectos contra España, en las vidas y las haciendas de los españoles, se ha reunido una vez más entre cánticos románticos, bucles melancólicos y consignas perversas, para reclamar su “regreso heroico, su reconocimiento público y el fin de la persecución política de la que siguen siendo objeto por parte de países como España y Francia”.

Antes, otros varios países de la misma alcantarilla europea a la que pertenecemos - Noruega entre otros - ha recibido a distintos representantes de la banda criminal, y les ha otorgado premios y subvenciones de hasta un millón de euros, para reconocer y premiar los esfuerzos de la escoria terrorista en su afán de “aplaudir con una mano” en clara referencia a que los esfuerzos de paz, por lo visto, corren de su cuenta.

Necesariamente tenías que estar incómodo, padre. Te recuerdo perfectamente en vida, clamar por los rincones, debatirte entre la serenidad militar y el deber patriótico, cada vez que una noticia injusta golpeaba en los televisores o en las emisoras de radio. Te recuerdo bramando justicia incapaz de permanecer quieto mientras se consumaban las traiciones sucesivas que ya entonces vivimos y que todavía hoy se siguen consumando, como claramente anticipabas entonces, pese a que nadie te lo haya querido reconocer.

Te entiendo bien, padre, pese a que tú aguardas ya donde los demás aún ponemos los ojos, siempre arriba.

Y porque te entiendo, he querido hoy, una vez más, poner sobre tu lápida esas cinco rosas que reclaman siempre una primavera para España, donde los cobardes politicastros de izquierda y derecha, los mezquinos asesinos y toda la escoria que les ampara y protege no tengan cabida, y donde la justicia, la dignidad, la verdad, la memoria y la victoria sean los valores con los que reconstruir una patria que, desgraciadamente, ha desaparecido.

Y porque siempre es mejor entretener esa otra mano que les falta en seguir poniendo cinco rosas rojas.