martes, 2 de agosto de 2011

ANTE UNA ENCRUCIJADA EN LA HISTORIA POLITICA Y ECONOMICA DEL MUNDO

Conferencia pronunciada en el Círculo Mercantil de Madrid, el día 9 de abril de 1935*, por José Antonio Primo de Rivera

No creáis que me concedo a mí mismo ese crédito de aplausos que acabáis de otorgarme. Para concedérmelo tenían que ser menores, en este instante, mi gratitud enorme por haber sido invitado a ocupar esta cátedra, en la que tantas voces autorizadas se oyeron, y mi sentido de la responsabilidad de la empresa que acometo ahora; primero, por la altura misma de la cátedra y por el agradecimiento que las palabras, tan cariñosas, de don Mariano Matesanz me imponen y después, porque os diré que no es tarea tan fácil acertar, precisamente en esta noche, con el tono que he de dar a mi disertación.

Desde luego, supongo que ninguno de vosotros espera de mí un mitin político. El darlo seria corresponder mal a la abierta hospitalidad de esta cátedra libre; pero es que, además, entiendo que, reunidos unos cuantos españoles, muchos españoles, como ahora, y teniendo encima cada uno de nosotros, y todos nosotros, la congoja apremiante de España resulta tan desproporcionado reducirnos al comentario de la peripecia, al pormenor de la política española, que cabalmente, al hacerlo, nos alejaríamos de la misión de una grande y una trágica política. En cuanto esta noche intentara poner en claro si las Cortes van a reunirse más o menos pronto, si van a hacer las paces más o menos pronto, los grupos que hasta ha poco fueron amigos; en cuanto me deleitara, y quisiera deleitaros con eso, estoy seguro de que desaprovecharíamos una de las ocasiones en que nos reunimos para interesamos por las cosas trágicas y apremiantes que nos angustian.
No puedo, pues, dar un mitin, pero tampoco puedo hacer una disertación académica; ni ése sería vuestro humor, ni tengo para ello autoridad, ni están los tiempos para disertaciones académicas de diletante. Generalmente, cuando las cosas graves se traducen en disertaciones académicas, es que una hecatombe se aproxima en Europa; la que España tiene delante, como parte de Europa, empieza en unos salones, acaso en los más refinados que la historia de los salones ha visto nunca. Si queréis (y con esto podemos dar una cierta variedad a estos momentos primeros, algo nerviosos, en parte por vuestra benévola curiosidad, en parte por mi justa emoción, en parte no sé si por algún entorpecimiento de este aparato que tengo delante); si queréis, digo, podemos trasladarnos con la imaginación a esos salones de que os hablaba.
Vamos a pensar que estamos, por un instante, en el último tercio del siglo XVIII. Del siglo XIII al XVI, el mundo vivió una vida fuerte, sólida, en una armonía total; el mundo giraba alrededor de un eje. En el siglo XVI empezó esto ya a ponerse en duda. El siglo XVII introdujo el libre examen, se empezó a dudar de todo. El siglo XVII ya no creía en nada; si queréis, no creían en nada los más elegantes, los más escogidos del siglo XVIII; no creían ni siquiera en sí mismos. Empezaron a asistir a las primeras representaciones, a las primeras lecturas en que los literatos y los filósofos de la época se burlaban de esa misma sociedad afanada en festejarlos. Vemos que las mejores sátiras contra la sociedad del siglo XVIII son aplaudidas y celebradas por la misma sociedad a la que satirizaba. En este ambiente del siglo XVIII, en este siglo XVIII que todo lo reduce a conversaciones, a ironías, a filosofía delgada, nos encontramos dos figuras bastante distintas: la figura de un filósofo ginebrino y la figura de un economista escocés.
El filósofo ginebrino es un hombre enfermizo, delicado, refinado; es un filósofo al que, como dice Spengler que acontece a todos los románticos –y éste era el precursor ya directo del romanticismo–, fatiga el sentirse viviendo en una sociedad demasiado sana, demasiado viril, demasiado robusta. Le acongoja la pesadumbre de esa sociedad ya tan formada y siente como el apremio de ausentarse, de volver a la Naturaleza, de librarse de la disciplina, de la armonía, de la norma.
Esta angustia de la Naturaleza es como la nota constante en todos sus escritos: la vuelta a la libertad. El más famoso de sus libros, el libro que va a influir durante todo el siglo XIX y que va a venir a desenlazarse casi ya en nuestros días, no empieza exactamente como habéis leído en muchas partes, pero sí casi empieza en una frase que es un suspiro. Dice: "El hombre nace libre y por doquiera se encuentra encadenado." Este filósofo –ya lo sabéis todos– se llama Juan Jacobo Rousseau; el libro se llamaba El contrato social.
El contrato social quiere negar la justificación de aquellas autoridades recibidas tradicionalmente o por una designación que se suponía divina o por una designación que en la tradición se apoyaba. Él quiere negar la justificación de esos poderes y quiere empezar la construcción de nuevo sobre su nostalgia de la libertad. Dice: El hombre es libre; el hombre, por naturaleza, es libre y no puede renunciar de ninguna manera a ser libre; no puede haber otro sistema que el que él acepte por su libre voluntad; a la libertad no puede renunciarse nunca, porque equivale a renunciar a la cualidad humana; además, si se renunciara a la libertad, se concluiría un pacto nulo por falta de contraprestación; no se puede ser más que libre e irrenunciablemente libre; por consecuencia, contra las libres voluntades de los que integran una sociedad no puede levantarse ninguna forma de Estado; tiene que haber sido el contrato de origen de las sociedades políticas; este contrato, el concurso de estas voluntades, engendra una voluntad superior, una voluntad que no es la suma de las otras, sino que es consistente por sí misma; es un yo diferente, superior e independiente de las personalidades que lo formaron con su asistencia. Pues bien, esta voluntad soberana, esta voluntad desprendida ya de las otras voluntades, es la única que puede legislar; ésta es la que tiene siempre razón; ésta es la única que puede imponerse a los hombres sin que los hombres tengan nunca razón contra ella, porque si se volvieran contra ella se volverían contra ellos mismos; esta voluntad soberana ni puede equivocarse ni puede querer el mal de sus súbditos.
Por otra parte, tenemos el economista escocés. El economista escocés es otro tipo de hombre; es un hombre exacto, formal, sencillo en sus gustos, algo volteriano, bastante distraído y algo melancólico. Este economista, antes de serlo, explicó Lógica en la Universidad de Glasgow, después Filosofía moral. Entonces la Filosofía moral se componía de varias cosas bastante diferentes: Teología Natural, Ética, Jurisprudencia y Política. Había, incluso, escrito, en el año 1759, un libro que se titulaba Teoría de los sentimientos morales; pero, en realidad, no es este un libro el que le abrió las puertas de la inmortalidad; el libro que le abrió las puertas de la inmortalidad se llama Investigaciones acerca de la riqueza de las naciones. El economista escocés, ya lo habéis adivinado todos, se llamaba Adam Smith.
Pues bien: para Adam Smith el mundo económico era una comunidad natural creada por la división del trabajo. Esta división del trabajo no era un fenómeno consciente, querido por aquellos que se habían repartido la tarea; era un fenómeno inconsciente, un fenómeno espontáneo. Los hombres se habían ido repartiendo el trabajo sin ponerse de acuerdo; a ninguno, al proceder a esa división, había guiado el interés de los demás, sino la utilidad propia; lo que es cada uno, al buscar esa utilidad propia, había venido a armonizar con la utilidad de los demás, y así, en esta sociedad espontánea, libre, se presentan: primero, el trabajo, que es la única fuente de toda riqueza; después, la permuta, es decir, el cambio de las cosas que nosotros producimos por las cosas que producen los otros; luego, la moneda, que es una mercancía que todos estaban seguros habían de aceptar los demás; por último, el capital, que es el ahorro de lo que no hemos tenido que gastar, el ahorro de productos para poder con él dar vitalidad a empresas nuevas. Adam Smith cree que el capital es la condición indispensable para la industria: el capital condiciona la industria –son sus palabras–. Pero todo esto pasa espontáneamente, como os digo; nadie se ha puesto de acuerdo para que esto ande así y, sin embargo, anda así, tiene que andar así; además, Adam Smith considera que debe andar así, y está tan seguro, tan contento de esta demostración que va enhebrando, que, encarándose con el Estado, con el soberano –él también le llama el soberano–, le dice: "Lo mejor que puedes hacer es no meterte en nada, dejar las cosas como están. Estas cosas de la economía son delicadísimas; no las toques, que no tocándolas se harán solas ellas e irán bien."
El libro de Rousseau se ha publicado en 1762; el de Adam Smith se ha publicado en 1776, con muy pocos años de diferencia. Hasta entonces son dos disquisiciones doctrinales: una tesis que aventura un filósofo y una tesis que aventura un economista; pero he aquí que en aquel final agitado del siglo XVIII ocurre lo que tiene que ocurrir para que estas dos tesis teóricas se pongan inmediatamente a prueba. Como si estuviéramos en un cinematógrafo, ante una de esas películas que hacen desfilar delante de nuestros ojos diversos acontecimientos y hacen aparecer, como surgiendo de un fondo lejano y adelantándose a la pantalla, cifras de fechas –1908, 1911, 1917–, esta noche podemos imaginar que vemos saltar hacia la pantalla todas esas cifras: 1765, 1767, 1769, 1770, 1785 y 1789 por último. Las cinco primeras de estas fechas corresponden a la invasión de las máquinas, máquinas que van a transformar la industria, sobre todo la industria de los hilados y los tejidos; corresponden al invento de la primera máquina de hilar, de la primera máquina de vapor, de la primera máquina de tejer; la última, 1789, no hay que decirlo, corresponde nada menos que a la Revolución francesa. La Revolución se encuentra con los principios rousseaunianos ya elaborados, y los acepta. En la Constitución de 1789, en la del 91, en la del 93, en la del año tercero, en la del año octavo, se formula, casi con las mismas palabras usadas por Rousseau, el principio de la soberanía nacional: "El principio de toda soberanía reside, esencialmente, en la nación. Ninguna corporación, ningún individuo, puede ejercer autoridad que no emane de ella expresamente." No creáis que siempre se da entrada, al mismo tiempo que se declara esto, al sufragio universal. Sólo en una de las Constituciones revolucionarias francesas, en la de 1793, que no llegó a aplicarse, se establece ese sufragio; en las demás, no; en las demás, el sufragio es restringido, y aun en la del año octavo desaparece; pero el principio siempre se formula: "Toda soberanía reside, esencialmente, en la nación".
Sin embargo, hay algo en las Constituciones revolucionarias que no estaba en El contrato social, y es la declaración de los derechos del hombre. Ya os dije que Rousseau no admitía que el individuo se reservase nada frente a esta voluntad soberana, a este yo soberano, constituido por la voluntad nacional. Rousseau no lo admitía; las Constituciones revolucionarias, sí. Pero era Rousseau el que tenía razón. Había de llegar, con el tiempo, el poder de las Asambleas a ser tal que, en realidad, la personalidad del hombre desapareciera, que fuera ilusorio querer alegar contra aquel poder ninguna suerte de derechos que el individuo se hubiese reservado.
El liberalismo (se puede llamar así porque no a otra cosa que a levantar una barrera contra la tiranía aspiraban las Constituciones revolucionarias), el liberalismo tiene su gran época, aquella en que instala todos los hombres en igualdad ante la ley, conquista de la cual ya no se podrá volver atrás nunca. Pero lograda esta conquista y pasada su gran época, el liberalismo empieza a encontrarse sin nada que hacer y se entretiene en destruirse a sí mismo. Como es natural, lo que Rousseau denominaba la voluntad soberana, viene a quedar reducida a ser la voluntad de la mayoría. Según Rousseau, era la mayoría –teóricamente, por expresar una conjetura de la voluntad soberana; pero en la práctica, por el triunfo sobre la minoría disidente– la que había de imponerse frente a todos; el logro de esa mayoría implicaba que los partidos tuvieran que ponerse en lucha para lograr más votos que los demás; que tuvieran que hacer propaganda unos contra otros, después de fragmentarse. Es decir, que bajo la tesis de la soberanía nacional, que se supone indivisible, es justamente cuando las opiniones se dividen más, porque como cada grupo aspira a que su voluntad se identifique con la presunta voluntad soberana, los grupos tienen cada vez más que calificarse, que perfilarse, que combatirse, que destruirse y tratar de ganar en las contiendas electorales. Así resulta que en la descomposición del sistema liberal (y naturalmente que este tránsito, este desfile resumido en unos minutos, es un proceso de muchos años), en esta descomposición del sistema, liberal, los partidos llegan a fragmentarse de tal manera, que ya en las últimas boqueadas del régimen, en algún sitio de Europa, como la Alemania de unos días antes de Hitler, había no menos de treinta y dos partidos. En España no me atrevería a decir los que hay, porque yo mismo no lo sé; ni siquiera sé, de veras, los que hay representados en las Cortes, porque aparte de todos los grupos representados oficialmente y de los difundidos en agrupaciones parlamentarias, aparte de los diputados que por sí mismos o con uno o dos amigos entrañables ostentan una denominación de grupo, hay en nuestro Parlamento –don Mariano Matesanz lo sabe– algo extraordinariamente curioso, a saber: dos minorías, compuestas cada una por diez señores y que se llaman minorías independientes; pero fijaos, no porque ellas, como tales minorías, sean independientes de las demás, sino porque cada uno de los que las integran se sienten independientes de todos los otros. De manera que los que pertenecen a esas minorías, a las que ni don Mariano Matesanz ni yo pertenecemos, porque nosotros somos independientes del todo; los que pertenecen a esas minorías se agrupan, tienen como vínculo de ligazón precisamente la nota característica de no estar de acuerdo; es decir, están de acuerdo sólo en que no están de acuerdo en nada. Y, naturalmente, aparte de esa pulverización de partidos; mejor, cuando se sale de esta pulverización de los partidos, porque circunstancialmente unas cuantas minorías se aúnan, entonces se da el fenómeno de que la mayoría, la mitad más uno o la mitad más tres de los diputados, se siente investido de la plena soberanía nacional para esquilmar y para agobiar, no sólo al resto de los diputados, sino al resto de los españoles; se siente portadora de una ilimitada facultad de auto justificación, es decir, se cree dotada de poder hacer bueno todo lo que se le ocurre, y ya no considera ninguna suerte de estimación personal, ni jurídica ni humana, para el resto de los mortales.
Juan Jacobo Rousseau había previsto algo así, y decía: "Bien; pero es que como la voluntad soberana es indivisible y además no se puede equivocar, si por ventura un hombre se siente alguna vez en pugna con la voluntad soberana, este hombre es el que está equivocado, y entonces, cuando la voluntad soberana le constriñe a someterse a ella, no hace otra cosa que obligarle a ser libre." Fijaos en el sofisma y considerad si cuando, por ejemplo, los diputados de la República, representantes innegables de la Soberanía Nacional, os recargamos los impuestos o inventamos alguna otra ley incómoda con que mortificaros, se os había ocurrido pensar que en el acto este de recargar vuestros impuestos, o de mortificaros un poco más, estábamos llevando a cabo la labor benéfica de haceros un poco más libres, quisierais o no quisierais.
Esta ha sido, en una síntesis brevísima y un poco confusa, la historia del liberalismo político. Aproximadamente corre paralela la historia del liberalismo económico.
Lo mismo que Rousseau se encontró con que la Revolución francesa, al poco tiempo, acogió sus principios, Smith tuvo la suerte, raras veces alcanzada por ningún escritor, de que Inglaterra estableció poco después la completa libertad económica. Abrió la mano al libre juego de la oferta y de la demanda, que, según Adam Smith, iba a producir, sin más, sin presión de nadie más, el equilibrio económico. Y, en efecto, también el liberalismo económico vivió su época heroica, una magnífica época heroica. Nosotros no nos tenemos que ensañar nunca con los caídos, ni con los caídos físicos, con los hombres que, por ser hombres, aunque fueran enemigos nuestros, nos merecen todo el respeto que implica la dignidad y la cualidad humanas, ni con los caídos ideológicos. El liberalismo económico tuvo una gran época, una magnífica época de esplendor; a su ímpetu, a su iniciativa, se debieron el ensanche de riquezas enormes hasta entonces no explotadas; las llegadas, aun a las capas inferiores, de grandes comodidades y hallazgos; la competencia, la abundancia, elevaron innegablemente las posibilidades de vida de muchos.
Ahora bien: por donde iba a morir el liberalismo económico era porque, como hijo suyo, iba a producirse muy pronto este fenómeno tremendo, acaso el fenómeno más tremendo de nuestra época, que se llama el capitalismo (y desde este momento sí que me parece que ya no estamos contando viejas historias).
Yo quisiera, de ahora para siempre, que nos entendiéramos acerca de las palabras. Cuando se habla del capitalismo no se hace alusión a la propiedad privada; estas dos cosas no sólo son distintas, sino que casi se podría decir que son contrapuestas. Precisamente uno de los efectos del capitalismo fue el aniquilar casi por entero la propiedad privada en sus formas tradicionales. Esto está suficientemente claro en el ánimo de todos, pero no estará de más que se le dediquen unas palabras de mayor esclarecimiento. El capitalismo es la transformación, más o menos rápida, de lo que es el vínculo directo del hombre con sus cosas en un instrumento técnico de ejercer el dominio. La propiedad antigua, la propiedad artesana, la propiedad del pequeño productor, del pequeño comerciante, es como una proyección del individuo sobre sus cosas. En tanto es propietario, en cuanto puede tener esas cosas, usarlas, gozarlas, cambiarlas, si queréis; casi en estas mismas palabras ha estado viviendo en las leyes romanas durante siglos, el concepto de la propiedad; pero a medida que el capitalismo se perfecciona y se complica, fijaos en que va alejándose la relación del hombre con sus cosas y se va interponiendo una serie de instrumentos técnicos de dominar; y lo que era esta proyección directa, humana, elemental de relación entre un hombre y sus cosas, se complica; empiezan a introducirse signos que envuelven la representación de una relación de propiedad, pero signos que cada vez van sustituyendo mejor a la presencia viva del hombre, y cuando llega el capitalismo a sus últimos perfeccionamientos, el verdadero titular de la propiedad antigua ya no es un hombre, ya no es un conjunto de hombres, sino que es una abstracción representada por trozos de papel: así ocurre en lo que se llama la Sociedad Anónima. La Sociedad Anónima es la verdadera titular de un acervo de derechos, y hasta tal punto se ha deshumanizado, hasta tal punto le es indiferente ya el titular humano de esos derechos, que el que se intercambien los titulares de las acciones no varía en nada la organización jurídica, el funcionamiento de la sociedad entera.
Pues bien; este gran capital, este capital técnico, este capital que llega a alcanzar dimensiones enormes, no sólo no tiene nada que ver, como os decía, con la propiedad en el sentido elemental y humano, sino que es su enemigo. Por eso, muchas veces, cuando yo veo cómo, por ejemplo, los patronos y los obreros llegan, en luchas encarnizadas, incluso a matarse por las calles, incluso a caer víctimas de atentados donde se expresa una crueldad sin arreglo posible, pienso que no saben los unos y los otros que son ciertamente protagonistas de una lucha económica, pero una lucha económica en la cual, aproximadamente, están los dos en el mismo bando; que quien ocupa el bando de enfrente, contra los patronos y contra los obreros, es el poder del capitalismo, la técnica del capitalismo financiero. Y sí no, decídmelo vosotros, que tenéis mucha más experiencia que yo en estas cosas: cuantas veces habéis tenido que acudir a las grandes instituciones de crédito a solicitar un auxilio económico sabéis muy bien qué intereses os cobran, del 7 y del 8 por 100, y sabéis no menos bien que ese dinero que se os presta no es de la institución que os lo presta, sino que es de los que se lo tienen confiado, percibiendo el 1,5 ó el 2 por 100 de intereses, y esta enorme diferencia que se os cobra por pasar el dinero de mano a mano gravita juntamente sobre vosotros y sobre vuestros obreros, que tal vez os están esperando detrás de una esquina para mataros.
Pues bien: ese capital financiero es el que durante los últimos lustros está recorriendo la vía de su fracaso, y ved que fracasa de dos maneras: primero, desde el punto de vista social (esto deberíamos casi esperarlo); después, desde el punto de vista técnico del propio capitalismo, y esto lo vamos a demostrar en seguida.
Desde el punto de vista social va a resultar que, sin querer, voy a estar de acuerdo en más de un punto con la crítica que hizo Carlos Marx. Como ahora, en realidad desde que todos nos hemos lanzado a la política, tenemos que hablar de él constantemente; como hemos tenido todos que declararnos marxistas o antimarxistas, se presenta a Carlos Marx, por algunos –desde luego, por ninguno de vosotros–, como una especie de urdidor de sociedades utópicas. Incluso en letras de molde hemos visto aquello de "Los sueños utópicos de Carlos Marx". Sabéis de sobra que si alguien ha habido en el mundo poco soñador, éste ha sido Carlos Marx: implacable, lo único que hizo fue colocarse ante la realidad viva de una organización económica, de la organización económica inglesa de las manufacturas de Manchester, y deducir que dentro de aquella estructura económica estaban operando unas constantes que acabarían por destruirla. Esto dijo Carlos Marx en un libro formidablemente grueso; tanto, que no lo pudo acabar en vida; pero tan grueso como interesante, esta es la verdad; libro de una dialéctica apretadísima y de un ingenio extraordinario; un libro, como os digo, de pura crítica, en el que, después de profetizar que la sociedad montada sobre este sistema acabaría destruyéndose, no se molestó ni siquiera en decir cuándo iba a destruirse ni en qué forma iba a sobrevenir la destrucción. No hizo más que decir: dadas tales y cuales premisas, deduzco que esto va a acabar mal; y después de eso se murió, incluso antes de haber publicado los tomos segundo y tercero de su obra; y se fue al otro mundo (no me atrevo a aventurar que al infierno, porque sería un juicio temerario) ajeno por completo a la sospecha de que algún día iba a salir algún antimarxista español que le encajara en la línea de los poetas.
Este Carlos Marx ya vaticinó el fracaso social del capitalismo sobre el cual estoy departiendo ahora con vosotros. Vio que iban a pasar, por lo menos, estas cosas: primeramente, la aglomeración de capital. Tiene que producirla la gran industria. La pequeña industria apenas operaba más que con dos ingredientes: la mano de obra y la primera materia. En las épocas de crisis, cuando el mercado disminuía, estas dos cosas eran fáciles de reducir: se compraba menos primera materia, se disminuía la mano de obra y se equilibraba, aproximadamente, la producción con la exigencia del mercado; pero llega la gran industria; y la gran industria, aparte de ese elemento que se va a llamar por el propio Marx capital variable, emplea una enorme parte de sus reservas en capital constante; una enorme parte que sobrepuja, en mucho, el valor de las primeras materias y de la mano de obra; reúne grandes instalaciones de maquinaria, que no es posible en un momento reducir. De manera que para que la producción compense esta aglomeración de capital muerto, de capital irreducible, no tiene más remedio la gran industria que producir a un ritmo enorme, como produce; y como a fuerza de aumentar la cantidad llega a producir más barato, invade el terreno de las pequeñas producciones, va arruinándolas una detrás de otra y acaba por absorberlas.
Esta ley de la aglomeración del capital la predijo Marx, y aunque algunos afirmen que no se ha cumplido, estamos viendo que sí, porque Europa y el mundo están llenos de trusts, de Sindicatos de producción enorme y de otras cosas que vosotros conocéis mejor que yo, como son esos magníficos almacenes de precio único, que pueden darse el lujo de vender a tipos de dumping, sabiendo que vosotros no podéis resistir la competencia de unos meses y que ellos en cambio, compensando unos establecimientos con otros, unas sucursales con otras, pueden esperar cruzados de brazos nuestro total aniquilamiento.
Segundo fenómeno social que sobreviene: la proletarización. Los artesanos desplazados de sus oficios, los artesanos que eran dueños de su instrumento de producción y que, naturalmente, tienen que vender su instrumento de producción porque ya no les sirve para nada; los pequeños productores, los pequeños comerciantes, van siendo aniquilados económicamente por este avance ingente, inmenso, incontenible, del gran capital y acaba incorporándose al proletariado, se proletarizan. Marx lo describe con un extraordinario acento dramático cuando dice que estos hombres, después de haber vendido sus productos, después de haber vendido el instrumento con que elaboran sus productos, después de haber vendido sus casas, ya no tienen nada que vender, y entonces se dan cuenta de que ellos mismos pueden ser una mercancía, de que su propio trabajo puede ser una mercancía, y se lanzan al mercado a alquilarse por una temporal esclavitud. Pues bien: este fenómeno de la proletarización de masas enormes y de su aglomeración en las urbes alrededor de las fábricas es otro de los síntomas de quiebra social del capitalismo.
Y todavía se produce otro, que es la desocupación. En los primeros tiempos de empleo de las máquinas se resistían los obreros a darles entrada en los talleres. A ellos les parecía que aquellas máquinas, que podían hacer el trabajo de veinte, de cien o de cuatrocientos obreros, iban a desplazarlos. Como se estaba en los tiempos de fe en el "progreso indefinido", los economistas de entonces sonreían y decían: "Estos ignorantes obreros no saben que esto lo que hará será aumentar la producción, desarrollar la economía, dar mayor auge a los negocios...; habrá sitio para las máquinas y para los hombres." Pero resultó que no ha habido este sitio; que en muchas partes las máquinas han desplazado a la casi totalidad de los hombres en cantidad exorbitante. Por ejemplo, en la fabricación de botellas de Checoslovaquia –éste es un dato que viene a mi memoria– donde trabajan, no en 1880, sino en 1920, 8000 obreros, en este momento no trabajan más de 1.000, y, sin embargo, la producción de botellas ha aumentado.
El desplazamiento del hombre por la máquina no tiene ni la compensación poética que se atribuyó a la máquina en los primeros tiempos, aquella compensación que consistía en aliviar a los hombres de una tarea formidable. Se decía: "No; las máquinas harán nuestro trabajo, las máquinas nos liberarán de nuestra labor." No tiene esa compensación poética, porque lo que ha hecho la máquina no ha sido reducir la jornada de los hombres, sino, manteniendo la jornada igual, poco más o menos –pues la reducción de la jornada se debe a causas distintas–, desplazar a todos los hombres sobrantes. Ni ha tenido la compensación de implicar un aumento de los salarios, porque, evidentemente, los salarios de los obreros han aumentado; pero aquí también lo tenemos que decir todo tal como lo encontramos en las estadísticas y en la verdad. ¿Sabéis en la época de prosperidad de los Estados Unidos, en la mejor época, desde 1922 hasta 1929, en cuánto aumentó el volumen total de los salarios pagados a los obreros? Pues aumentó en un 5 por 100. ¿Y sabéis, en la misma época, en cuánto aumentaron los dividendos percibidos por el capital? Pues aumentaron en el 86 por 100. ¡Decid si es una manera equitativa de repartir las ventajas del maquinismo!
Pero era de prever que el capitalismo tuviera esta quiebra social. Lo que era menos de prever era que tuviera también una quiebra técnica, que es, acaso, la que está llevando su situación a términos desesperados.
Por ejemplo: las crisis periódicas han sido un fenómeno producido por la gran industria, y producido, precisamente, por esa razón que os decía antes, cuando explicaba la aglomeración del capital. Los gastos irreducibles del primer establecimiento son gastos muertos que en ningún caso se pueden achicar cuando el mercado disminuye. La superproducción, aquella producción a ritmo violentísimo de que hablaba antes, acaba por saturar los mercados. Se produce entonces el sub consumo, y el mercado absorbe menos de lo que las fábricas le entregan. Si se conservase la estructura de la pequeña economía anterior se achicaría la producción proporcionalmente a la demanda mediante la disminución en la adquisición de primeras materias y mano de obra; pero como esto no se puede hacer en la gran industria, porque tiene ese ingente capital constante, ese ingente capital muerto, la gran industria se arruina; es decir, que técnicamente la gran industria hace frente a las épocas de crisis peor que la pequeña industria. Primera quiebra para su antigua altanería.
Pero después, una de las notas más simpáticas y atractivas del período heroico del capitalismo liberal falla también; era aquella arrogancia de sus primeros tiempos, en que decía: "Yo no necesito para nada el auxilio público; es más, pido a los Poderes públicos que me dejen en paz, que no se metan en mis cosas". El capitalismo, muy en breve, en cuanto vinieron las épocas de crisis, acudió a los auxilios públicos; así hemos visto cómo las instituciones más fuertes se han acogido a la benevolencia del Estado, o para impetrar protecciones arancelarias o para obtener auxilios en metálico. Es decir que, como dice un escritor enemigo del sistema capitalista, el capitalismo, tan desdeñoso, tan refractario a una posible socialización de sus ganancias, en cuanto vienen las cosas mal es el primero en solicitar una socialización de las pérdidas.
Por último, otra de las ventajas del libre cambio, de la economía liberal, consistía en estimular la concurrencia. Se decía: compitiendo en el mercado libre todos los productores, cada vez se irán perfeccionando los productos y cada vez será mejor la situación de aquellos que los compran. Pues bien: el gran capitalismo ha eliminado automáticamente la concurrencia al poner la producción en manos de unas cuantas entidades poderosas.
Y vienen todos los resultados que hemos conocido: la crisis, la paralización, el cierre de las fábricas, el desfile inmenso de proletarios sin tarea, la guerra europea, los días de la posguerra... Y el hombre que aspiró a vivir dentro de una economía y una política liberales, dentro de un principio liberal, que llenaba de sustancia y dé optimismo a una política y a una economía, vino a encontrarse reducido a esta cualidad terrible: antes era artesano, pequeño productor, miembro de una corporación acaso dotada de privilegios, vecino de un Municipio fuerte; ya no es nada de eso. Al hombre se le ha ido librando de todos sus atributos, se le ha ido dejando químicamente puro en su condición de individuo; ya no tiene nada; tiene el día y la noche; no tiene ni un pedazo de tierra donde poner los pies, ni una casa donde cobijarse; la antigua ciudadanía completa, humana, íntegra, llena, se ha quedado reducida a estas dos cosas desoladoras: un número en las listas electorales y un número en las colas a las puertas de las fábricas.
Y entonces mirad qué dos perspectivas para Europa: de una parte, la vecindad de una guerra posible; Europa, desesperada, desencajada, nerviosa, acaso se precipite a otra guerra; de otro lado, el atractivo de Rusia, el atractivo de Asia, porque no se os olvide el ingrediente asiático de esto que se llama el comunismo ruso, en el que hay tanto o más de influencia marxista germánica, influencia típicamente anarquista, asiática. Lenin anunciaba, como última etapa del régimen que se proponía implantar –lo anunció en un libro que se publicó muy poco antes de triunfar la Revolución rusa–, que al final vendría una sociedad sin Estado y sin clases. Esta última etapa tenía todas las características del anarquismo de Bakunin y de Kropotkin; pero para llegar a esta última etapa había que pasar por otra durísima, marxista, de dictadura del proletariado. Y Lenin, con extraordinario cinismo irónico, decía: "Esta etapa no será libre ni justa. El Estado tiene la misión de oprimir; todos los Estados oprimen; el Estado de la clase trabajadora también sabrá ser opresor; lo que pasa es que oprimirá a la clase recién expropiada, oprimirá a la clase que hasta ahora la oprimía a ella. El Estado no será libre ni justo. Y, además, el paso a la última etapa, a esa etapa venturosa del anarquismo comunista, no sabemos cuándo llegará." Esta es la hora en que no ha llegado todavía; probablemente no llegará nunca. Para una sensibilidad europea, para una sensibilidad de burgués o de proletario europeo, esto es terrible, desesperadamente. Allí sí que se llega a la disolución en el número, a la opresión bajo un Estado de hierro. Pero el proletariado europeo, desesperado, que no se explica su existencia en Europa, ve aquello de Rusia como un mito, como una posible remota liberación. Observad adónde nos ha conducido la descomposición postrera del liberalismo político y del liberalismo económico: a colocar a masas europeas enormes en esta espantosa disyuntiva: o una nueva guerra, que será el suicidio de Europa, o el comunismo, que será la entrega de Europa a Asia.
¿Y España, mientras tanto? En realidad, nuestro liberalismo político y nuestro liberalismo económico casi se han podido ahorrar el trabajo de descomponerse, porque apenas han existido nunca. El liberalismo político ya sabéis lo que era. Las elecciones, hasta tiempo muy reciente, se organizaban en el Ministerio de la Gobernación, y aun muchos españoles se felicitaban de que anduvieran así las cosas. Uno de los españoles más brillantes, Angel Ganivet, allá por el año 1887, decía, poco más o menos: "Por fortuna, en España tenemos una institución admirable, que es el encasillado; él evita que las elecciones se hagan, porque el día que las elecciones se hagan, la cosa será gravísima. Evidentemente, para adueñarse de la voluntad de las masas hay que poner en circulación ideas muy toscas y asequibles; porque las ideas difíciles no llegan a una muchedumbre; y como entonces va a ocurrir que los hombres mejor dotados no van a tener ganas de irse por esas calles estrechando la mano al honrado elector y diciéndole majaderías, acabarán por triunfar aquellos a quienes las majaderías les salen como cosa natural y peculiar."
Y años después –me parece que era el año 1893– recalcitrante, tenaz en su posición antidemocrática, venía a decir: "Yo soy un admirador entusiasta del sufragio universal, con una sola condición: la de que nadie vote." Y añadía: "No se crea que esto es una broma de mal gusto. Yo entiendo que en esencia, en principio, todos los hombres deben tomar parte en los destinos de su país, como encuentro que la situación perfecta del hombre es llegar a ser padre de familia; pero como las dos cosas son tan difíciles, a aquellos que veo en el camino de contraer matrimonio les aconsejo que no lo hagan; y a aquellos que veo dispuestos a votar, les aconsejo que no voten. Por fortuna, el pueblo español no necesita estos consejos, porque él mismo ha decidido no votar."
Este era, en realidad, nuestro liberalismo político. Y cuando dejó de ser esto, cuando hubo unas elecciones sinceras, hemos asistido al espectáculo de unas Cortes que, convencidas de que su triunfo las autorizaba a hacer lo que les viniera en gana, lo hicieron verdaderamente, hasta arrollar al resto de los mortales.
Pero fuera de este vaivén entre el régimen liberal, que no existía, y las Cortes, que existieron demasiado, nos encontramos con que el Estado español, con que el Estado Constitucional español, tal como lo vemos configurado en la Carta Fundamental y en las Leyes Accesorias, no existe; es una pura broma, es un puro simulacro de existencia. El Estado español no existe en ninguna de sus instituciones más importantes. Nosotros, por ejemplo, somos miembros del Parlamento; el Parlamento tiene un deber primordial; este deber primordial consiste en aprobar todos los años una ley económica. Estamos viviendo con una ley económica que se aprobó –todos los sabéis, porque se os ha dicho con más autoridad que la que yo tengo– para el año 1934. Se liquidó aparentemente un déficit de 592 millones de pesetas; este déficit, en realidad, debe ser de unos 800 millones, porque faltan por liquidar, por pagar, algunas obligaciones contraídas. Pues bien: con este Presupuesto así, que todos los que formamos parte de las Cortes hemos vituperado como horrendo, hemos entrado en el año 1935. Nos ha dado pereza elaborar un nuevo Presupuesto, y entonces hemos empezado a prorrogar aquél por trimestres; pero en el primer trimestre ya le añadimos, por si era poco, me parece que 73 millones de gastos, y después se irá añadiendo una serie de créditos extraordinarios, gracias a lo cual, cuando este Presupuesto se liquide, tendremos el orgullo de mostrar a los ojos de Europa la satisfacción de un Presupuesto que, no más que en el transcurso de doce meses, entrampa al país en 1.000 millones de pesetas.
Pues bien: cuando estábamos con esto y con el problema del vino, que no admite espera, y con el problema del trigo, y con el problema del paro, que es una verdadera angustia, que es una verdadera vergüenza, los diputados acordamos un día concedemos a nosotros mismos unas vacaciones de Carnaval, de un Carnaval que ya no celebra nadie, pero que tenemos que celebrar los diputados, yo no entiendo por qué.
Pues ¿y el paro? Tenemos alrededor de 700.000 parados. ¡Setecientos mil parados en una nación que no está convaleciente de la guerra, que ni siquiera ha tenido una gran industria, que no está, por tanto, liquidando la crisis del gran capitalismo! Tenemos 700.000 parados, cuya vida física es un puro milagro todas las mañanas. Pues bien: de estos 700.000 parados venimos hablando no sé cuanto tiempo hace. Una minoría poderosa dijo que iba a aportar para el socorro o para el auxilio de estos 700.000 parados cien millones de pesetas, que iban a proponer a las Cortes se votasen cien millones de pesetas. Entonces, otra minoría, que no se deja ganar en estas cosas; una minoría que ahora ya es minoría y totalidad, porque ocupa por entero el poder, dijo: "¿Cien millones? ¡Mil millones! ¡Nosotros vamos a dar mil millones!"
Y veréis. Estos mil millones han sido objeto de estudio y reparto por el Gobierno que nos administra. De esos mil millones que se dedican a remediar el paro obrero, setecientos cincuenta van aplicados a la construcción de edificios públicos. Ya comprenderéis que la construcción de edificios públicos no parece que sea una manera de normalizar la economía. Es de esperar que no empleemos setecientos cincuenta millones de pesetas al año en construir edificios públicos. Pero es que, además, se cogen las estadísticas del paro y resulta que más de 400.000 parados, de los 700.000 que hay, son obreros rurales, a los que no va a llegar una peseta de los setecientos cincuenta millones.
Este es nuestro Estado, un Estado que gasta en personal (y encuentro respetabilísimo que el personal del Estado cobre sus sueldos: no ha asaltado los cargos públicos; ha entrado todo él porque la Administración le abrió sus puertas; de modo que en esto no hay censura para el personal que sirve en los cargos públicos); que gasta en personal, digo, según cálculos muy autorizados, 1.350 millones de pesetas al año, aparte de los 313 de Clases Pasivas.
Y yo digo: esto estaría muy bien si este Estado sirviera de algo; pero este Estado lujoso, este Estado que no se priva de nada, este Estado que sostenemos con todos los impuestos, con todas las contribuciones y además, con lo que prestamos cada año, y que ya pronto no podrá seguir pidiendo, porque nadie le fiará, este Estado no realiza ningún servicio. Ahora, ¡eso sí!, él los tiene montados todos. Me han dicho (no lo he comprobado; las cosas que no he comprobado os las digo a ese título, para que las aceptéis a beneficio de inventario) que las plagas del campo son atendidas por el Estado de esta manera: cuando la plaga llega al campo, el dueño del campo promueve un expediente para la extinción de la plaga. Naturalmente, cuando se resuelve el expediente, ya no hay que molestarse en la extinción.
El liberalismo económico tampoco, en realidad, tuvo que fallar en España, porque la mejor época del liberalismo económico, la época heroica del capitalismo en sus orígenes, el capital español, en general, no la ha vivido nunca. Aquí las grandes empresas, desde el principio, acudieron al auxilio del Estado: no sólo no lo rechazaron, sino que acudieron a él; y muchas veces –lo sabéis perfectamente, está en el ánimo de todos– no sólo impetraron el auxilio del Estado, no sólo gestionaron aumentos del arancel protectores, sino que hicieron de esa discusión un arma de amenaza para conseguir del Estado español todas las claudicaciones. Y no hablemos más de esto.
Pues bien: en esta España que no fue nunca súper industrializada, que no está superpoblada, que no ha padecido la guerra; donde conversamos la posibilidad de rehacer una artesanía que aún permanece en gran parte; donde tenemos una masa fuerte, entramada, disciplinada y sufrida de pequeños productores y de pequeños comerciantes; donde tenemos una serie de valores espirituales intactos; en una España así, ¿a qué esperamos para recobrar nuestra ocasión y ponernos otra vez, por ambicioso que esto suene, en muy pocos años, a la cabeza de Europa? ¿A qué esperamos? Pues bien: esperamos a esto: a que los partidos políticos hagan el favor de dar por terminadas sus querellas sobre si van o no a liquidar las pequeñas diferencias que tienen pendientes en el Parlamento y fuera del Parlamento. Esta es la verdad; he prometido rigurosamente no dar a esto, ni por un instante, caracteres de mitin; pero decidme si la situación de los partidos españoles no es desoladora. Fijaos en la característica (y ya veis que quiero colocar la cosa todo lo alto que puedo) de la tragedia española y de la tragedia europea, que habéis tenido la benevolencia de ir siguiendo conmigo esta noche: el hombre ha sido desintegrado, ha sido desarraigado, se ha convertido, como os decía antes, en un número en las listas electorales y en un número en la cola de la puerta de las fábricas; este hombre desintegrado lo que está pidiendo a voces es que le vuelvan a poner los pies en la tierra, que se le vuelva a armonizar con un destino colectivo, con un destino común, sencillamente –llamando a las cosas por su nombre–, con el destino de la Patria. La Patria es el único destino colectivo posible. Si lo reducimos a algo más pequeño, a la casa, al terruño, entonces nos quedamos con una relación casi física; si lo extendemos al Universo, nos perdemos en una vaguedad inasequible. La Patria es, justamente, lo que configura sobre una base física una diferenciación en lo universal; la Patria es, cabalmente, lo que une y diferencia en lo universal el destino de todo pueblo; es, como decimos nosotros siempre, una unidad de destino en lo universal.
Pues bien: esta integración del hombre y de la Patria, ¿a qué esperamos para hacerla? Pues esperamos a que los partidos de izquierda y los partidos de derecha se den cuenta de que estas dos cosas son inseparables, y ya veis que no les censuro por ninguna menuda peripecia; les censuro por esta incapacidad para colocarse ante el problema total del hombre integrado en su Patria.
Los partidos de izquierda ven al hombre, pero le ven desarraigado. Lo constante de las izquierdas es interesarse por la suerte del individuo contra toda arquitectura política, como si fueran términos contrapuestos. El izquierdismo es, por eso, disolvente; es, por eso, corrosivo; es irónico, y, estando dotado de una brillante colección de capacidades, es, sin embargo, muy apto para la destrucción y casi nunca apto para construir. El derechismo, los partidos de derecha, enfilan precisamente el panorama desde otro costado. Se empeñan en mirar también con un solo ojo, en vez de mirar claramente, de frente y con los dos. El derechismo quiere conservar la Patria, quiere conservar la unidad, quiere conservar la autoridad; pero se desentiende de esta angustia del hombre, del individuo, del semejante que no tiene para comer.
Esta es, rigurosamente, la verdad, y los dos encubren su insuficiencia bajo palabrería: unos invocan a la Patria sin sentirla ni servirla del todo; los otros atenúan su desdén, su indiferencia por el problema profundo de cada hombre, con fórmulas que, en realidad, no son más que mera envoltura verbal, que no significa nada. ¡Cuántas veces habréis oído decir a los hombres de derechas: estamos en una época nueva, hace falta ir a un Estado fuerte, hay que armonizar el capital con el trabajo, tenemos que buscar una forma corporativa de existencia! Yo os aseguro que nada de esto quiere decir nada, que son puros buñuelos de viento. Por ejemplo: ¿qué es eso de un Estado fuerte? Un Estado puede ser fuerte cuando sirva un gran destino, cuando se sienta ejecutor del gran destino de un pueblo. Si no, el Estado es tiránico. Y, generalmente, los Estados tiránicos son los más blandengues. Cuando Felipe II asistía a la entrega de un hereje a la hoguera, estaba seguro de que dejándole ir a la hoguera servía al designio de Dios. En cambio, cuando un Gobierno liberal de nuestros días tiene que fusilar a uno que ha traicionado a su Patria, no se atreve a fusilarle porque no se siente suficientemente justificado por dentro.
Otra de las frases: hay que armonizar el capital con el trabajo. Cuando dicen esto, creen que han adoptado una actitud inteligentísima, humanísima, ante el problema social. Armonizar el capital con el trabajo..., que es como si yo dijera: "Me voy a armonizar con esta silla." El capital –y antes he empleado bastante tiempo en distinguir el capital de la propiedad privada– es un instrumento económico que tiene que servir a la economía total y que no puede ser, por tanto, el instrumento de ventaja y de privilegio de unos pocos que tuvieron la suerte de llegar antes. De manera que cuando decimos que hay que armonizar el capital con el trabajo no decimos –no dicen, porque yo nunca digo esas cosas– que hay que armonizaros a vosotros con vuestros obreros (¿es que vosotros no trabajáis también?; ¿es que vosotros no sois empresarios?; ¿es que no corréis los riesgos?; todo esto forma parte del bando de trabajo). No; cuando se habla de armonizar el capital con el trabajo lo que se intenta es seguir nutriendo una insignificante minoría de privilegiados con el esfuerzo de todos, con el esfuerzo de obreros y patronos... ¡Vaya una manera de arreglar la cuestión social y de entender la justicia económica!
¿Y el Estado corporativo? Esta es otra de las cosas. Ahora son todos partidarios del Estado corporativo; les parece que si no son partidarios del Estado corporativo les van a echar en cara que no se han afeitado aquella mañana, por ejemplo.
Esto del Estado corporativo es otro buñuelo de viento.
Mussolini, que tiene alguna idea de lo que es el Estado corporativo, cuando instaló las veintidós corporaciones, hace unos meses, pronunció un discurso en el que dijo: "Esto no es más que un punto de partida; pero no es un punto de llegada". La organización corporativa, hasta este instante, no es otra cosa, aproximadamente, en líneas generales, que esto: los obreros forman una gran Federación; los patronos forman otra gran Federación (los dadores del trabajo, como se los llama en Italia), y entre estas dos grandes Federaciones monta el Estado como una especie de pieza de enlace. A modo de solución provisional, está bien; pero notad igualmente que éste es, agigantado, un recurso muy semejante al de nuestros Jurados Mixtos. Este recurso mantiene hasta ahora intacta la relación del trabajo en los términos en que la configura la economía capitalista; subsiste la posición del que da el trabajo y la posición del que arrienda su trabajo para vivir. En un desenvolvimiento futuro que parece revolucionario y que es muy antiguo, que fue la hechura que tuvieron las viejas corporaciones europeas, se llegará a no enajenar el trabajo como una mercancía, a no conservar esta relación bilateral del trabajo, sino que todos los que intervienen en la tarea, todos los que forman y completan la economía nacional, estarán constituidos en Sindicatos Verticales, que no necesitarán ni de comités paritarios ni de piezas de enlace, porque funcionarán orgánicamente como funciona el Ejército, por ejemplo, sin que a nadie se le haya ocurrido formar comités paritarios de soldados y jefes.
Pues con estas vaguedades de una organización corporativa del Estado y del Estado fuerte y de armonizar el capital y el trabajo, se creen los representantes de partidos de derecha que han resuelto la cuestión social y han adoptado la posición política más moderna y justa.
Todo eso son historias. La única manera de resolver la cuestión es alterando de arriba abajo la organización de la economía. Esta revolución en la economía no va a consistir –como dicen por ahí que queremos nosotros los que todo lo dicen porque se les pega al oído, sin dedicar cinco minutos a examinarlo– en la absorción del individuo por el Estado en el panteísmo estatal.
Precisamente la revolución total, la organización total de Europa, tiene que empezar por el individuo, porque el que más ha padecido con este desquiciamiento, el que ha llegado a ser una molécula pura, sin personalidad, sin sustancia, sin contenido, sin existencia, es el pobre individuo, que se ha quedado el último para percibir las ventajas de la vida. Toda la organización, toda la revolución nueva, todo el fortalecimiento del Estado y toda la reorganización económica, irán encaminados a que se incorporen al disfrute de las ventajas esas masas enormes desarraigadas por la economía liberal y por el conato comunista.

¿A eso se llama absorción del individuo por el Estado? Lo que pasa es que entonces el individuo tendrá el mismo destino que el Estado, que el Estado tendrá dos metas bien claras: lo que nosotros dijimos siempre: una, hacia afuera, afirmar a la patria; otra, hacia adentro, hacer más felices, más humanos, más participantes en la vida humana a un mayor número de hombres. Y el día en que el individuo y el Estado, integrados en una armonía total, vueltos a una armonía total, tengan un solo fin, un solo destino, una sola suerte que correr, entonces sí que podrá ser fuerte el Estado sin ser tiránico, porque sólo empleará su fortaleza para el bien y la felicidad de sus súbditos. Esto es precisamente lo que debiera ponerse a hacer España en estas horas: asumir este papel de armonizadora del destino del hombre y del destino de la Patria, darse cuenta de que el hombre no puede ser libre, no es libre si no vive como un hombre, y no puede vivir como un hombre si no se le asegura un mínimo de existencia, y no puede tener un mínimo de existencia si no se le ordena la economía sobre otras bases que aumenten la posibilidad de disfrute de millones y millones de hombres, y no puede ordenarse la economía sin un Estado fuerte y organizado, y no puede haber un Estado fuerte y organizador sino al servicio de una gran unidad de destino, que es la Patria; y entonces ved cómo todo funciona mejor, ved cómo se acaba esta lucha titánica, trágica, entre el hombre y Estado que se siente opresor del hombre. Cuando se logre eso (y se puede lograr, y esa es la clave de la existencia de Europa, que así fue Europa cuando fue y así tendrán que volver a ser Europa y España), sabremos que en cada uno de nuestros actos, en el más familiar de nuestros actos, en la más humilde de nuestras tareas diarias, estamos sirviendo, al par que nuestro modesto destino individual, el destino de España y de Europa, y del mundo, el destino total y armonioso de la creación.
* Como curiosidad, señalar que ese mismo día, nacía mi padre en Madrid; Su padre, Alfredo, ya era Jonsista
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Curiosidades sobre José Antonio, por Francisco Martín Castillo, "caco"

Valorar a un político implica tener en cuenta lo que dice, lo que hace, sus logros, sus pretensiones, su actitud, según la información de que se disponga, en relación con ciertas referencias, y siempre de libre apreciación. Puede ser que no se le considere de especial interés, o que atraiga a profundizar en su conocimiento, por afinidad o por atención adversativa, y político al fin, mueva a tomar partido.

La medida en que se consideren acertadas sus propuestas puede llevar a reconocerse como partidario, la irrelevancia dejar en la indiferencia y cualquier prevención por nocividad, a pronunciarse como adversario. La divergencia de no considerar adecuados sus propósitos, puede conllevar una valoración acerca de la claridad de sus manifestaciones, de la sinceridad de su postura, o de lo erróneo de sus apreciaciones. Pero también la utilidad de que un político vaya diciendo lo que conviene que se crea, o que se aparente creer, puede hacer que la habilidad en la elaboración de mentiras sea un motivo principal de apoyo, aunque la eficacia de tal proceder radica en que tanto sus partidarios como, desde luego, el político, hagan todo lo que a su alcance tengan para que parezcan verdades, por mucho que sus adversarios puedan manejar la atribución de mentira como arma dialéctica.

Desde luego es ilógico que un político se presente a sí mismo como mentiroso, salvo en abochornada confesión dentro del acto de renuncia a toda actividad política. Tan ilógico como que partidarios suyos asienten su adhesión a través de explicitar la consideración de que el tal político miente, lo que sería más propio, como manifestación de rechazo, de una declaración de adversario. Pero esta confesión de mentir proclamada en imposición por representación arrogada, y en contradicción con lo que el propio político pueda manifestar, llega a menos ilógico que curioso, por circunstancias que hacen al caso, merecedor de atención.

Suele producir alejamiento, hasta con asco, la convicción, la mera suposición, de que un político sea servidor de miras ocultas o simulador de inquietudes auténticas. Puede haber incorporación como seguidor en cuanto, de buena fe cayendo en el engaño, o como advertido colaborador en extender la mentira en pos de sus efectos, y no aparecería disconformidad con lo proclamado por el político, por la inocencia de unos y por la malicia de otros, quedando para sus enemigos el imputarle de mentiroso, para hacerlo público como descubrimiento, o sencillamente para desprestigiarle sin más motivación. Se puede creer en un hombre, y decepcionarse de alguna manera, la peor descubrir el haber sido engañado. Se puede colaborar en un engaño - razones hay muchas - siendo necesario simular creerlo. Pero proclamarse seguidor de un político manifestando a la vez la convicción, fundada en lo que sea, de la impostura del tal político, y en contra de las manifestaciones propias del mismo, ha de llamar intensamente la atención. Sería deshacer los pretendidos efectos de la mentira dejando a su autor en la peor posición, y con partidarios así no se necesitarían adversarios. O sí, que toda ayuda es poca.

Adherirse a una mentira calificándola como tal públicamente, da medida de quien eso hace, y hace pasar a segundo lugar que hubiera falsedad, que el supuesto autor de ella efectivamente cometiera impostura. Sería entonces un caso de pertinacia en la defensa, más allá de la evidencia, por razones afectivas, una justificación, por alguna razón, de las motivaciones que le impulsaron a mentir, en solidaridad interesada. Pero, más allá de que haya o no realmente un engaño, quien se adhiere reconociéndolo en nombre de otro y en contra de lo que este pueda decir, no lo hace a pesar de la mentira sino a su través, y antes que nada se pone en evidencia a sí mismo presentándose como cómplice, basándolo en la necesidad propia de que el otro tiene que mentir, imponiéndole a través de la complicidad la culpabilidad, porque no se le concede el derecho a presentarse como no mentiroso.

No basta con sembrar meras dudas, no se trata de atenuar un impacto, hay que descolocar la cuestión. No le vale siquiera que estuviera equivocado, tiene que ser que mienta; esto es, a sabiendas. No hay que dejarle protestar su inocencia. Arrancarle toda credibilidad. Y para eso nada mejor que hacerlo desde dentro. Porque no puede ser de otra manera, por encima de la realidad de los hechos que hubiera, en un sentido o en otro, al margen de las pruebas que se pudieran obtener, y de cualquier cosa que se pueda conocer. Sentenciado. Miente. Y ya que no puede haber confesión de parte poner en su lugar una confesión de partidario. De partidario aderezado.

Es que además, las circunstancias del caso que nos ocupa permiten comprobar de manera inequívoca que el tal político, más allá de lo acertado de sus propuestas, por encima del triunfo o fracaso de la alternativa que presentó, al margen de las adhesiones que suscitara, se esté de acuerdo o no con él, no fue en absoluto insincero en la menor de sus aseveraciones. Fue a las claras. No tenía nada que ocultar. Sin evitar terrenos peligrosos, en lo conceptual o en lo expresivo, pero dejando claro lo que de verdad iba encontrando, lo que tenía que decir. Distinguiendo. Lo que decía lo creía, eso tan sencillo para tanta gente, aunque vemos que tan difícil para otra. La concepción del mundo que les ha permitido la supervivencia, les impide imaginar siquiera que detrás de algo que se diga no está la doblez. Verdad o mentira es secundario, en cuanto la proclamación de culpabilidad a compartir a la fuerza, depende menos de una apreciación externa de lo declarado, que de una necesidad interior de los declarantes. Y a eso se le saca utilidad.

Haber gente, la hay de todas clases, y para todo, están siempre los que se entretienen con cualquier cosa y en cualquier sitio, pero estos aplicados partidarios adquieren su importancia, difícil de obtener de otra manera, porque son movilizados y amplificados, en cuanto rinden un evidente servicio a los adversarios del político, presuntos suyos también. Son reclutados entre los que no valen para otra cosa, y se prestan a cambio de lo que sea, y entre los reconvertidos, otrora partidarios sinceros, pero que al llegarle el momento personal de la derrota, interiorizada vitalmente, desahogan la amargura en mortificado desquite, suicidio moral a fuego lento, pretendiendo arrastrar a quien sigue creyendo y se afana en lo que ellos dejaron de creer. No les basta desistir, no pueden soportar que alguien se entusiasme con lo que ellos perdieron. Tiene que ser mentira para justificar su fracaso vital, su hastiado abandono. Hay que entender a los caídos en el camino de esta desgraciada manera, como una prueba más por la que pasar; se les ve venir, son algo en que, si no tenemos cuidado, la vida nos puede convertir también a nosotros al fallar. Empezaron con el mismo entusiasmo, al final han venido a quedar en eso.

Queda entonces por un lado, el político, más o menos solo, con quienes describen lo que ven como lo ven, en eso tan sencillo como decir lo que se quiere decir, de la manera más clara y coherente, para que se entienda, y por otro, en comunión calificadora y cualificada, determinados adversarios y estos particulares partidarios, avisando del supuesto engaño, extendiendo al unísono la imagen de doblez a la que se reduciría al primero. Se coincide con esos adversarios, todos juntos en unión, y se discrepa con el propio político, del que se pretende tener la representación, acerca de lo que este mismo quiere decir. Adheridos para ejercer la función de lastre.

Hora es de preguntarse por tal empeño en que se le rechace desde lejos, apenas entrevisto, revuelto entre basuras varias. Porque se puede discrepar de alguien sin considerarle impostor; todo lo contrario, su identidad real sea la que mueva a denuncia, reclamando atención detenida, y se le puede atacar mejor sin recurrir ni a mentir ni a tacharle de mentiroso; todo lo contrario es señalar describiendo, descubriendo, lo que se considere nocivo, sin perdonar nada. Y hacer todo eso así sería lealtad para con el público, antes que para con él.

No es que estos especiosos partidarios se cambien de bando, dejando solo al político, viéndolo derrotado como algo pasado, no; es que se vuelven contra él permaneciendo en su mismo bando. Revolotean para asumir prontos la culpabilidad de la acusación más disparatada que desde fuera se haga, rindiéndose en nombre de quien no se rinde porque no, porque no se puede rendir. Admitir, en nombre de quien es imposible, las peores suposiciones contra toda verdad y hasta contra toda lógica, por mucho que no les pueda servir como atenuante el poco saber y entender de que sean capaces. Desempeñan, bien que mal, para lo que están, militan para provocar repulsión.

Se puede considerar que una persona mienta, y esta desconfianza metódica es siempre oportuna. Pero en lo que mienta adquiere un sentido distinto a que esté siendo veraz. Y ocasiones hay en que lo expresado tiene sentido únicamente si hay verdad, cuando cualquier opción de mentira lo reduce al absurdo, lo que permite entonces reconocer la verdad como cierta, porque cualquier otra opción no conduciría a ninguna explicación lógica. Sería caso de una verdad intrínseca.

Y precisamente el sentido que adquiere siendo verdad, suponiéndola siquiera teóricamente por un momento, es de lo que se nos privaría. Quitar el indicador para que no miremos a lo indicado. Si le prestamos atención, considerar la posibilidad de que sea cierto es lo que nos permite alcanzar su valor. No se le puede creer si no lo cree él mismo, y habría que desecharlo de inmediato. Vamos a ver primero lo que de verdad dice, y se le critica. Pero vamos a verlo nosotros, atendiendo a todos los comentarios que se quiera, pero no que por cualquier descripción, se nos impida la observación directa de lo supuestamente descrito. Precisamente revisando todo nosotros mismos es como valoramos mejor lo descrito, las descripciones, y a cada descriptor. No se nos hurte sustituyéndole por una caricatura.

La cuestión ya no es que en este caso se esté haciendo, sino que se haga. Que se vaya haciendo aisladamente con cada referencia que pueda haber. Que permitamos el despojo. Y esto tiene validez general: si transigimos con uno estamos abriendo la puerta a todos, más allá de la importancia de cada caso concreto. Vamos a ver hasta qué punto se puede estar haciendo.

Se trata de nosotros antes que nada, de la clase de hombre que queremos ser. Que seamos nosotros mismos quienes podamos ver y valoremos, que no pretendan pensar por nosotros, por mucho que tantos entusiastas estén cómodos renunciando. Libertad de conciencia y de expresión, de discusión, toma de actitud en consecuencia. No falaz concesión de una supuesta libre interpretación, de un texto dado como fuente impuesta, sino libre valoración personal de la realidad toda, contrastando, a la luz de los hechos que observamos, con los textos que sean, en discusión abierta siempre, con el magisterio reconocido que pudiera haber, desde la tradición que fuera propia. Pero poder siempre ver por nosotros mismos, que somos nuestra propia última instancia. Si renunciamos a esto perdemos el basamento de nuestra libertad.

José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia fue un político español de primeros del siglo veinte. Estuvo poco más de tres años en política activa, lo que interrumpió su muerte por fusilamiento. Abogado de profesión, aristócrata de familia de militares, reunió apenas unos pocos partidarios en vida, aunque despertó mayor interés por lo controvertido de sus planteamientos, y por la deriva de la organización que fundara, Falange Española.

Años de revolución - así proclamados - época convulsa que desembocó, guerra a guerra, en la mayor declarada que ha habido, fase sangrienta de una crisis de la que aún no salimos. José Antonio lo planteó desde la tradición hispánica, en pos de la síntesis de tradición y revolución, retomó el patriotismo como eje de todas las virtudes, no ya como concepto abstracto sino sentimiento a una patria tan concreta como España, reencontrando los valores hispánicos como llamada a una empresa común en el concierto universal, clara, abierta a todos, explícita, enunciada, articulada, desde el origen de los tiempos hasta el fin último que en este mundo se pueda alcanzar, y el sentido más alto de la vida personal como dedicación al servicio de esta tarea, a través del buen gobierno de la comunidad. En el desorden establecido advirtió el desajuste social por crisis del capitalismo, al pasar de sistema económico a sistema de dominación.

Desmontar el capitalismo, por enemigo de la proyección del hombre sobre las cosas, por enemigo de la propiedad privada. Por eso fue justo el nacimiento del socialismo. Pero no es solución la búsqueda de la satisfacción de las necesidades materiales, por imperiosas que pudieran ser, arrollando los valores espirituales. A mitad de camino la socialdemocracia se contente con mantener el capitalismo echándole arena en los cojinetes. Mientras la democracia liberal canta derechos individuales nominales ante los famélicos en precario, sacralizando meter una papeleta en una urna cada cierto tiempo. Tiempos revueltos, gentes airadas, actos violentos. El dolor de la injusticia sentida en las propias carnes. Si la injusticia se mantiene por un aparente orden en las calles impuesto, hay que salir a las calles a pegar tiros para que la justicia nos vaya trayendo el orden verdadero.

Que no cabe el orden sólo violentando los efectos de un desorden estructural. Es por lo que el fascismo no es solución, es la cara nueva del despotismo ilustrado. José Antonio fue el primer político de Europa, el único en su tiempo, tiempo de ascenso y triunfo de los fascismos, esperanza entonces también para muchas gentes de buena fe, que advirtió, explicándolo, de que el fascismo, por su carácter intrínseco, más que por sus accidentes y por sus circunstancias, no es solución válida. Quizá fuera esta observación razón no menor por la que uno de los intelectuales españoles de mayor enjundia, Don Miguel de Unamuno, calificara a José Antonio como una de las mentes de mayor calidad de Europa. Saber ver lo que se está viendo. Y en medio de su tiempo, de manera política, decirlo en su momento, llamando a la acción.

Hay que tener el valor de desmontar el capitalismo, hacer esto más que una tarea económica es una alta tarea moral. Haciendo una justicia social profunda los pueblos vuelvan a la supremacía de lo espiritual. No puede haber lo uno sin lo otro. El patriotismo auténtico, a través del patriotismo sincero, con su nombre propio España. A eso convoca José Antonio y no a otra cosa, entre las angustias y esperanzas de su tiempo.

Cuando se extiende que la patria es un señuelo que despliega la burguesía, para explotar a los hombres y que se maten en beneficio de los intereses de los financieros. Cuando se extiende que la religión es el opio del pueblo. Cuando la Paz Universal está al llegar, si espoleamos con la violencia a la Mano Invisible del Progreso, decapitando unos cuantos opresores, incendiando unos cuantos templos, fusilando opositores irreductibles, estorbos objetivos por encima de sus intenciones que dejan de importar. Cuando cada cual se apresta a defender lo que es suyo, a coger lo que le corresponde como sea. Cuando se llama a imponer por la fuerza Lo Importante, preparando la guerra que acabe con todas las guerras, haciendo lo que sea para vencer, a por la Victoria Final. El Fin de la Historia, la Justicia Universal, la Felicidad de los Hombres, el Paraíso aquí en la Tierra. No se va a dejar escapar nada por alguna debilidad. Tiempos duros a vencer con dureza, que lo que luego viene es la Infinita Felicidad y para Todos por Igual, acabando con el sufrimiento e injusticias del pasado, alcanzando, por fin, la era en que ya no haya conflictos, gracias a haber eliminado al último oponente, extendiendo la tolerancia, exterminando a los intolerantes. En cuanto la Humanidad disfrute de los beneficios eternos que vendrán de lo que hay que hacer, por muy cruel que sea, no se recibirá sino agradecimiento y toda clase de bendiciones. Todo al alcance de la mano. Entonces era así, ahora igual pero de otra manera, que se van haciendo las cosas más a escondidas.

El estudio definitivo, y definitorio, de José Antonio Primo de Rivera está hecho. Estudio científico que, más allá del tema concreto al que se dedica, ha quedado como ejemplo metodológico de buen hacer, no sólo en el campo de las ciencias sociales, sino que lo es también para cualquier campo del conocimiento en que se pretenda alcanzar la excelencia académica. Quien quiera aprender cómo se hace un trabajo intelectual bien hecho, se dedique a lo que se dedique, que lo lea, que lo estudie, que lo vea. De paso se enterará de quién era José Antonio. Lo que tradicionalmente se considera obra maestra, en cuanto acreditación de capacidad concretada en la realización de un objeto. Es el estudio de Arnaud Imatz sobre José Antonio Primo de Rivera, inicialmente tesis doctoral en Ciencias Políticas presentada en Francia en 1975, con desarrollo posterior. A toda prueba. Hay alguna edición traducida al español.

Está pues José Antonio perfectamente conocido y expuesto como referencia política, cultural, histórica, para quien pueda estar interesado en conocerlo, y esté dispuesto a formarse opinión propia. Es una más, como tantas otras, no hay porqué magnificarlo. Pero hay aspectos políticos, hoy más vigentes que nunca, que explican que haya quien se dedique a pretender borrarlo especialmente. Enterrarlo en un vertedero; que se pierda el recuerdo para los restos. Tirarlo por malo pero que nadie lo recoja y pueda ver qué es realmente.

En la Historia cabe todo. Podemos ir a rebuscar por curiosidad, o a por algo que nos pueda servir. Según para qué. Una referencia es, al encontrarnos un problema, plantearlo considerando cómo lo hizo alguien que también se lo encontrara. Luego lo que hagamos es cosa nuestra. Ir por delante de los acontecimientos para que no deriven en calamidades. Política de tradición viva. Y activa, porque sólo nos obliga lo que de vigente hubiera, no la mucha admiración que lo antiguo nos pueda seguir provocando. Es por lo que perder las referencias, no saber dónde pueden estar, incluso llegar a olvidar que fueron, es degradarse a seres sin cultura, caer en la animalidad.

La permanente discusión de qué puede seguir valiendo y para qué, o guardar nada más que por cariño. El sentido que pueda tener cada cosa a cada momento. Mejor no tirar nada, que los tiempos cambian, y algo menospreciado pueda volver a servir. Según lo que vayamos queriendo hacer. Que cada cual a su tiempo pueda revisar y escoger. Decidir. Organizar es siempre reorganizar, y un orden vivo es el que se mantiene renovándolo a cada momento otra vez desde su origen, en ejercicio de abierta integración, rebrotada continuidad, no persistencia de una estructura de inercia social.

Pero no es tanto cuestión de perder referencias como de hacérnoslas perder. Hay piquetes de guardia, confundiendo, desviando la atención, despojando, como una forma más de control social. Como se retiran armas cuya tenencia no se nos reconoce como derecho. No exponiendo, no argumentando, no entrando siquiera en discusión, sino falseándola, fabricando el imaginario de las gentes, que vayan por las buenas por donde tienen que ir. Que cada cual estemos enterados sólo de lo que necesitemos para hacer lo que nos asignan. Maniobras de confusión. Maniobras de elusión. Reescribir a cada paso, agitando señuelos, desorientando, borrando pistas, erradicando hasta la misma sensación de falta. Que no broten alternativas, que no aparezcan propuestas, no considerar siquiera a dónde vamos. Dejarnos llevar por quien sea. Conminados a que nuestra vida trascurra estabulados en la mescolanza de banalidades que configura el ambiente social, mientras se desguaza, constantemente, toda decantación institucional. Que por nada nos demos por aludidos. Que ni nos enteremos.

Si se hace esto con una referencia cualquiera se puede estar haciendo con las demás, con cada una que vaya interesando. Sustituirlas además por sucedáneos, para no dejar huecos que den qué pensar. Al evitar el contraste de todas las referencias, el que falte una sola, la que sea, es hurtarnos el debate real. Aislados por la sociedad anónima.

Quien colabora también lo padece, pero cada cual lleva su vida como puede. Y hay quien está feliz viviendo la degradación, si le conceden el triste orgullo de colaborar activamente en la implantación del desastre, liberación de la angustia por servidumbre moral, agresividad invertida hacia dentro, hundir hundiéndose, a cambio de un premio que, sea cuál sea, sólo pueden disfrutar a escondidas. No dar la cara abiertamente es su signo. El ir por detrás.

Y es siempre lo más sencillo. Convocatoria pública abierta. Que se levanten propuestas de articulación general, abiertas siempre a todos. Que si es para hacer algo juntos tiene que ser verdad. Mientras alguien presenta otra mejor. Lo que se dice una alternativa. Aunque haya quien piense que a la gente no hay que decirle la verdad, y aunque haya quien lo que se le diga piense que no es verdad. Una verdad escondida es lo que no vale. Que cada cual saque la suya, que diga cómo lo ve, y lo vamos confrontando, todas las que pueda ir habiendo. Quien quiera mentir que también pueda hacerlo, pero que mentiras y verdades se vean las caras. Que cada uno vayamos decidiendo. Es por lo que no podemos transigir, hay que deshacer la falsedad en cada intentona, y es muy sencillo: interpelar de frente. Que se vea, vamos a verlo. Ir diciendo lo que vemos, ir haciendo lo que decimos. Enunciado y acción directa. Ver mirando, mirar haciendo, y decirlo. Todo a las claras. Que todo el mundo lo pueda ver. Y quien quiera venir que venga. Este signo sí es el nuestro. Es el de siempre.

José Antonio se dedicó a enunciar España como tarea de integración, por unidades orgánicas con vocación de Imperio. Lo del proyecto sugestivo de vida en común. Y lo hizo de manera concisa, diríamos que esencialista. No hay que ser radical, dicen. Pero sin raíz las cosas se mueren. No todos tenemos que ser radicales, cada cual a lo nuestro, pero alguien tiene que estar cuidando la raíz, y que nos llegue a su través. Hay momentos de hacer afirmaciones determinadas, de escaparse del círculo vicioso del mal menor. Afirmación de un ideal como meta vital. Por eso quienes entendiéndolo lo asumen, lo hacen a su manera: José Antonio significa el ideal de España por excelencia, nosotros hacemos lo que podemos. Ni más ni menos. Nadie somos tope de nada. Nuestros actos, nuestros logros, nuestros fracasos, nuestros son. Nos inspiremos en quien nos valga, la responsabilidad ha de ser sólo nuestra sin escudarnos en nadie. Es la hora de cada uno. Que quien pueda hacer más, haga su más como quien hace su menos. El mismo José Antonio, además de hacer la indicación propia, hizo lo que a su vez pudo. Y quien no esté de acuerdo no lo está: el camino indicado por José Antonio no vale más, muy bien puede ser considerado inadecuado, hasta nocivo. Cada cuál por su lado y Dios con todos.

Pero se dan, se dieron, unas circunstancias históricas, que hacen a esta referencia pródiga en enseñanzas. Los choques sociales en España llevaron a una guerra civil, la discusión política desencadenaba la imposición por la violencia abierta, entremezclándose desorden y descontrol social, se produjo un alzamiento militar. Entre las voces que se alzaban, la de José Antonio, desde la cárcel, protestando por la usurpación de los símbolos políticos de su organización, denunciando una vez más la deriva perniciosa de los acontecimientos, haciendo propuestas a la desesperada. A tantos no se les hace caso.

El bando que logró imponerse, fue levantando la estructura del Estado, según su capacidad, mediocridad burguesa - ahora se ve mejor - orlada entonces, para mayor escarnio, con el acompañamiento coreográfico de las camisas azules de la Falange, según denunciaba José Antonio poco antes de morir. Pero ese estado fue trayendo tranquilidad social y prosperidad económica, pasando el tiempo de los maximalismos. Aunque el régimen político estuvo haciendo uso de la vestimenta de la Falange, como organización política que teóricamente radicaba en sus fundamentos.

Los sublevados bien podían haber proclamado un programa de salvación nacional ante el desastre, buscando un consenso de base amplia. Pero inclinándose por la astucia y no por la honradez, fueron diciendo a cada uno lo que le gustar oír, para mandarlo al frente y quedarse atrás mangoneando.

Los carlistas contestaron que se ahorraran mentiras, que se sacrificaban por España, sabiendo bien que quienes de manera inmediata iban a sacar provecho eran políticos contrarios. Y con esta generosidad fueron decisivos en la victoria.
A los falangistas que los hechos consumados dejaron en el bando sublevado, les dijeron que tomaban posiciones para su revolución, luchando contra los enemigos de la Religión y de España, y a los renuentes los condenaban a muerte.
Por eso Ridruejo se plantó ante Franco y le dijo que ya que tenían que aceptarlo como Jefe Nacional de Falange, que capitaneara la revolución para España, que tan clara y precisamente había dejado explicada José Antonio.
Cuentan los testigos que Franco al oírlo dio puñetazos en la mesa, y se puso a gritar, que quién era nadie para exigirle eso, que tenía que haber hecho fusilar a Hedilla.
Y es la única vez que consta que Franco haya perdido los estribos.
Acabada la faena pretendieron licenciar la franco‐falange haciéndole cargar con todas las maldades.
Luego quedaron presentando a José Antonio como modelo, mientras se escamoteaba su doctrina política.
Mucha gente en España conoció a José Antonio desde la versión que el franquismo presentaba. Sin mayor problema, vestigio de un pasado que se superaba. Creyeron en él cuanto interesó, y hace tiempo que lo amortizaron. Pero hay quien le presta atención, y advierte de las contradicciones, lo que provoca irritación y por doquier. Cada cual las resuelve a su manera. El plantearse España también lleva a José Antonio. Si se rechaza de plano puede ser rechazado sin distinciones. Pero al encontrar alguna referencia significativa procede derivar una valoración discriminada.
Cuando alguien estudia a José Antonio advierte pronto la contradicción patente con el franquismo, si desde dentro lo plantea choca con quien pretende representarlo.
Solo cabe abandonar la sedicente Falange desengañado, mantenerse en lo descubierto luchando dentro de las propias capacidades, o incorporarse al tinglado de quienes sin creer en su validez declaman frases hueras de su mensaje, agarrándose a que no mienten porque José Antonio tampoco creía en lo que él mismo decía, como último remedo de legitimidad que les queda.

Para no quedar ellos como mentirosos es José Antonio quien tiene que mentir, y en eso basan su falangismo.
José Antonio define el ideal de España como él alcanza a entenderlo. Y hay quien llega a entenderlo como él. También se puede considerar de otra manera. Allá cada cual. Sin exclusivismos. Puede valer mientras encontramos algo mejor. Se reconoce como tal o se descarta. Si se descarta queda como una curiosidad más, de libre apreciación, de libre uso, de todos y para cada uno. Si se reconoce, es antes que nada como vínculo de exigencia personal, como referencia tanto por su indicación como por su estilo, por voluntad de aceptación plena. De ahí lo de José Antonio como ideal de España y hagamos lo que podemos. Exigencia y aportación de cada uno, la que pueda ser. Guía interna del buen hacer para muchas personas, fuera de alharacas. Otra cosa los oportunistas de turno, los mismos que ahora están en lo de ahora.

Aparecen en escena hombres de conciliación, aliviando tensiones, podemos estar tranquilos. Para considerarse seguidor público de José Antonio, falangista, cosa que se supone muy importante, la legitimidad puede venir de proclamar adhesión a lo que haga falta, en algún caso, o hasta de ir a misa los domingos; ni siquiera rezar el rosario a diario; basta con ser bueno a la manera del proponente de turno, incorporarse a determinada danza; cualquier cosa menos tomarlo a la tremenda, hay que creérselo pero no demasiado, no se altere la paz social que sea. Han sido años ofreciendo su imagen como ideal a la juventud, pero desde lejos. Y desde esto se puede seguir agitando la bandera como pastoreo, el tiempo que sea conveniente, luego ya no. Porque en nuestro tiempo ya José Antonio diría otra cosa, hubiera seguido evolucionando a conveniencia del expositor, que las metas señaladas no hay que tomarlas al pié de la letra, es más cuestión de un estilo de definición etérea. Quitando hierro. Quede todo lo más para entretenimiento, que poco a poco se vaya apagando. Y mejor si se le entierra malamente. Definitiva tumba en el olvido, cuanto antes. Y que se encarguen los suyos. Morirse desde dentro. Lo de no meterse en política, que trae complicaciones.

Gregarismo necesitado de una serie de iconos impostados. De esas gentes se movilizan coros publicitados, comparsas jaleadas, pretendidos herederos, que representen el papel que se espera de ellos, manipulación reductora invirtiendo precisamente el sentido. Quien pueda haber con intenciones honradas, no puede escapar de la responsabilidad por la imagen resultante entre acción propia e interferencias. Que también quien tomándolo fielmente como enseña se esfuerza como el que más. Dura es la pelea. Para afuera confundirlo con lo execrado por la historia, que hay que hacer ir revuelto por el sumidero de lo que ya no interesa.
Todo esto puede parecer pasado y de escaso interés, pero detengámonos donde radica la cuestión, en lo que José Antonio haya propuesto. Es sencillo saberlo. Lo enunció en pocas palabras y lo fue repitiendo, una y otra vez mientras pudo, cada vez mejor según iba madurando su pensamiento. Se puede decir de otra manera pero no más claro, esa es su importancia. Cuando se llama a una tarea común, abierta a todos, la que sea por quien sea, no se miente porque nadie en eso puede mentir. No son promesas a cambio de votos. Era lo mismo dicho por todas partes, pronto se sabía la cantinela. Expresado y explicado verbalmente, con poco margen para tergiversación. Valorado por lo manifestado, el espíritu expresado al pié de la letra, reiterativo y conciso. Es muy difícil torcer la interpretación. Por eso hay que acudir a lo de que mentía, que quería decir todo lo contrario de lo que dijo, que hiciera lo que hiciera sus intenciones eran otras, que el sentido que se desprenda de sus palabras, de sus actos, de su actitud, hay que tenerlo en cuenta sólo relativamente. Que hoy diría algo muy distinto. Que es fachada y detrás hay otra cosa. Que hay que entenderlo de otra manera, para no hacerle caso de ninguna. Mejor para todos entonces que no se conozca, que se pierda, porque ese sentido desaparece si todo eso no es verdad, y no es verdad para que no tenga sentido, y no tiene sentido para que no sea verdad.

Porque en lo que vaya quedando de España José Antonio tiene que desaparecer, como sea, cuanto antes, por inoportuno, entonces y más ahora, el aguafiestas iluminado crecido en escándalo con lo que nos ha venido después. Como tienen que ir desapareciendo tantas cosas más. Tener una cierta idea de España, la que sea, implica que España pueda ser de alguna manera, y nosotros a través de ella. No se nos reconoce ese derecho, no se nos concede. Visto lo visto interesa quitarlo de en medio, y que se pierda el rastro. No hay que dar ideas, no hay que dejarlas al alcance de cualquiera. No es que no valga la interpretación de España que hace José Antonio, puede ser una más, es que no vale ninguna. España no tiene que valer sea de quien sea la interpretación. Que ni se plantee .Ya está decidido. Lo han hecho por nosotros.
Cualquier cosa que pudiera haber sido España es algo a extinguir. Es de lo que se trata, en tiempos de José Antonio, y en estos tiempos con mayor razón. Cada cual a lo suyo, a lo que se le diga, y sin levantar la vista. Mejor adivinando lo que quieren de nosotros, que no haya que decir tanto las cosas. Vigilante retén sobre las cenizas no prenda algún rescoldo. Política es la historia en construcción, pero a nosotros pretenden que nos venga dada. Mejor siempre por las buenas que por las malas, que la vida se puede complicar.

Es sencillo saber lo que José Antonio propone. Bueno es que se sepa. En España hay mucha gente que debe saberlo y gente que lo sabe. No hay porqué callar. Allá cada cual. Cojamos un día, y a partir de ahí, nos va a bastar, lo veremos. Por ejemplo en el Circulo de la Unión Mercantil, en Madrid, el 9 de Abril de 1935, donde repitió todo una vez más. Léase con la debida atención.

Se entenderán muchas cosas. Hoy más claro que en el tiempo que se pronunció. Todo esto que ahora nos ocupa queda al descubierto. Y tantas personas. Cualquiera lo puede ver. Valioso para cualquiera que algo quiera hacer, lo que sea. Al menos para enterarnos mejor de lo que pasa. Luego que cada cual haga lo que crea conveniente. Reabre la cuestión. Es por lo que no podemos dejar que nos lo pierdan. Y decimos todo porque ahí está todo - salta a la vista - y cualquier cosa que además hubiera no puede estar en contradicción con esto. Lo que se quiera seguir ampliando va encajando, quedando claro qué es verdad y qué incrustación espuria, sin eludir nada. Salta a la vista, sigue saltando a la vista, no puede dejar de saltar cada vez que se quiera ver, cada vez que se lea. Deja las cosas en su sitio, y a las personas también, en constante exigencia de cuentas. En la política española, y en la historia cercana.

Por eso están esas gentes aplicadas a que sus textos sean inencontrables, incinerando ediciones a escondidas, o se editan revueltos con basura, que donde ellos no distinguen no quieren que quepa distinción, para que su figura se asocie con lo contrario de sí mismo, que se integre en el espantajo del huevo de la serpiente con despojos de todos los vencidos de la historia, agitado para miedo como control social. No dejar que hable. Muchas gentes no le perdonan que les deje en evidencia, cada una con sus razones, todas con sus motivos, en las maniobras más grotescas, convergencia significativa desde orígenes aparentemente distintos en pretender convertirlo en icono repulsivo, en hacer que se pierda el rastro, que se olvide.
Véase lo que dijo él mismo, y considérese su pertinencia, por uno mismo. En qué línea está. Qué camino marca. Que comparezca, y discútasele, critíquesele, atáquesele todo lo que se quiera. Pero que comparezca él y no su caricatura. Antes que derecho suyo es derecho nuestro. Y en razón de lo de ahora, considérese lo que de vigente haya. Que tal como están los tiempos bien puede servir. Salir del camino que nos lleva al desastre lo primero, luego a donde queramos que sea. Recuperar lo que se abandona.
Redescubramos, para nuestro fuero interno al menos. Y que sigan diciendo lo que quieran. Nosotros a lo nuestro, que es para lo que lo queremos. Que no es recibir nada hecho, sino rehacer cuanto nos llegue para poder trasmitirlo a nuestra vez, retomando todo cada vez desde el origen. Si queremos hacer algo, si queremos ser algo que merezca la pena.

Francisco Martín Castillo “Caco” (Ágora Hispánica) Julio de 2.011

NOTA: El autor adjunta, fruto de su propia selección, los siguientes textos fundamentales de José Antonio Primo de Rivera, que iremos publicando por separado en los próximos días:
  • Discurso de fundación de Falange Española (Teatro de la Comedia. Madrid. 29 de octubre de 1933)
  • Discurso de proclamación de Falange Española de las J.O.N.S (Teatro Calderón. Valladolid. 4 de marzo de 1934)
  • España y la Barbarie. Conferencia (Teatro Calderón. Valladolid. 3 de marzo de 1935)
  • Ante una encrucijada en la historia política y económica del mundo. Conferencia (Círculo de la Unión Mercantil. Madrid. 9 de abril de 1935)
  • Discurso sobre la Revolución Española (Cine Madrid. Madrid. 19 de mayo de 1935)
  • Discurso de clausura del Segundo Consejo Nacional de la Falange (Cine Madrid. Madrid. 17 de noviembre de 1935)
  • La Falange ante las elecciones de 1936. Discurso (Cine Europa. Madrid. 2 de febrero de 1936)
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