lunes, 2 de agosto de 2010

domingo, 1 de agosto de 2010

Editorial y audio LGE nº 44: Salud sexual y reproductiva o el derecho a matar a tu hijo



El pasado 5 de julio quedará inscrito en la historia de nuestro país como uno de los más tristes de toda nuestra existencia. Entre las bromas y las risas de todas las ministros del gabinete Zapatero, capitaneadas por la más ignorante - y por tanto más peligrosa de todas ellas, Bibiana Aído - se había aprobado cuatro meses antes la denominada con verdadera cobardía Ley de Salud Sexual y Reproductiva y de Interrupción voluntaria del embarazo, que desde el lunes pasado es una realidad.

Una ley que, como la anterior, no lo olvidemos, la que defiende el Partido Popular por boca de su Secretaria General María Dolores de Cospedal, consagra la muerte por voluntad de la madre – y ahora como derecho - de más de 100.000 criaturas cada año y que acumula ya en 25 años de barbaridad jurídica, más de un millón de muertos: tantos como los que se produjeron en el conflicto civil español del que tanto gusta recordar Zapatero.
Una ley que inició su recorrido hace ya muchos años, perfectamente planificada, para avanzar lenta, pero inexorablemente al aborto libre que ya era de facto y hoy lo es de iure.

Una ley que nace para amparar lo que todos los órganos consultivos y jurisdiccionales preguntados o involucrados en el proceso, reconocieron como grave defecto de la anterior, que permitió que el 98 % largo de los abortos lo fueran por la sospechosa causa de poder generar un problema social para la madre.

Una ley que fue engendrada para impedir que los casos de Morín, Isadora, Dator y tantos y tantos otros criminales abortorios, que pisoteaban la ya miserable letra de la ley pasándola por el forro de sus caprichos, pudieran comportar responsabilidades penales o pérdidas económicas de tan lucrativos negocios y tan vinculados, en algún caso, a los mismos que han tenido que votar la ley, incluso haciendo valer un peculiar carácter retroactivo a favor de los que deberían ser reos por asesinato y que no son otros que los facultativos que los practicaban.

Nadie ha mirado en el interior del útero materno. Nadie ha mirado esas pequeñas vidas que sospechosamente y de un renglón a otro de los dictámenes, pasaban de ser personas a bienes – o sea cosas – y por tanto a poder ser discutidos en materia de derechos. Nadie ha querido mirar al final de ese cordón umbilical y fijarse en esas criaturas que para Aído son "vivas pero no humanas" y que, a pesar de todo, cuentan con menos derechos y protección que las vidas del lince ibérico o de la mayoría de las especies de escarabajo europeas.

Nadie ha querido darse cuenta de que, cuando se usan los manidos argumentos de la violación salvaje como causa de la sentencia de muerte para el chiquillo, sin posibilidad de defensa alguna, se otorga más valor a la vida del responsable de esa violación, al que no se puede condenar a morir porque se ha rechazado la pena de muerte en nuestra garantista legislación, que al producto dulce, independiente, distinto y sobre todo inocente de esa violación que es el nasciturus al que se condena a la más penosa y salvaje de las muertes.

Pero tampoco nadie ha querido mirar en el interior del corazón y de la cabeza de la madre, arrastrada por los consejos, por el miedo, por la falta de alternativas y de ayuda eficiente, por la costumbre, por la miseria moral de nuestra sociedad, por la mentira, por el engaño y por el negocio, a acabar - en un momento de extrema debilidad - con la vida de un hijo que ellas, las madres y también muchos padres, saben ya para siempre que eran sus hijos y que ya no los verán más. Nadie se ocupará después de ver la realidad, el tremendo daño causado también a la madre que, sistemáticamente, como veremos hoy, termina en una espiral de dolor y de asco autoinculpatorio que difícilmente logran superar.

Hoy tendremos ejemplos valientes, veraces y suficientes y verán ustedes que si alguna vez lo hicieron, nunca más, en el futuro, podrán volver a olvidar la historia del fracaso social y moral que resulta del aborto. Acomódense y escúchennos.
Wikio

Editorial especial nº 46: Acercamientos, negociación y elecciones: "La tigresa"

Ayer se ha sabido que la asesina miserable Idoia López Riaño ha sido beneficiada con el acercamiento, desde Granada, a la prisión de Nanclares de Oca.

Es decir que, en palabras de Pérez Rubalcaba, Idoia López Riaño no es etarra, ha pedido perdón a sus víctimas, las está resarciendo conforme a sentencia y con ella, como con todos los demás casos, se está cumpliendo la ley y nada más que la ley.

Idoia López Riaño asesinó a 23 personas a sangre fría. Fue expulsada de todas las maras - me niego a llamarlo comandos - a las que perteneció, precisamente porque, en opinión del resto de las alimañas de cada mara, era una bestia inmunda de gatillo fácil.

Esto, dicho por excrementos humanos como Antonio Troitiño Arranz o el propio Soares Gamboa, pone el vello de punta. Si en opinión de quienes no tienen el menor escrúpulo para asesinar cobardemente a todo el que se cruza en su camino, la autodenominada “Tigresa” es una mala bestia, ¿qué imagen podemos tener de ella el resto de la humanidad y especialmente sus víctimas?

López Riaño se reía de sus víctimas durante su juicio. Pateo los cristales de su cubículo hasta que fue expulsada por el magistrado; negó la legitimidad del tribunal que la juzgaba y jamás ha mostrado el más mínimo arrepentimiento, sencillamente porque esa es una característica humana de la que este sapo lleno de bilis carece.
López Riaño fue juzgada en 2006, tras su extradición a España en 2001 y condenada a miles de años por su crueldad, por su miseria moral, y por su repugnante asociación con el resto de delincuentes descerebrados y sin más vísceras que las necesarias para no morir.

Pero Idoia López Riaño es una etarra y va en su condición de etarra ser el último excremento de la cadena trófica y comportarse como tal. Como el escorpión, es imposible que no se inocule a sí misma todo su veneno mortal, si con ello puede causar mal a otros seres. Y es imposible que se arrepienta de nada porque para eso hay que tener alma, conciencia, sentimientos, cerebro y corazón, más allá del órgano mecánico que la mantiene tristemente con vida. A nadie engaña López Riaño.

Es, en cambio, un delito de magnitud incalculable, la actitud del Ministro del Interior. Personalmente no le adjudico más alma que a “la tigresa”, ni siquiera más humanidad, pero como representante del Ministerio encargado de velar por la seguridad, por la libertad y por la integridad de los españoles, le adjudico una responsabilidad que debieran tenerlo ya en el banquillo de los acusados.

Porque Pérez Rubalcaba miente cada vez que abre la boca. Traiciona a todo el que le rodea, se cisca en la sangre de las víctimas y viola todo principio de legitimidad. Porque Pérez Rubalcaba sabe que si hubo algo en la legislatura pasada que hizo, siquiera por un momento, tambalear el gobierno del que forma parte fue, precisamente, su negociación abierta y declarada – cuando lo fue – y soterrada y oculta la mayor parte del tiempo, con la banda asesina de criminales etarras.

Por eso ahora niega, miente, insulta, y ofende a todas y cada una de las víctimas.

Señor Pérez Rubalcaba. Yo le desafío. Las víctimas del terrorismo le desafiamos a demostrar que Idoia López Riaño nos ha pedido perdón a nosotros, a sus víctimas directas, y a la sociedad en su conjunto, como víctima colectiva.

Le desafío a demostrar el arrepentimiento público con la misma publicidad con que cometió sus tropelías. Con los mismos testigos, con las mismas cámaras y las mismas fotos con las que España supo de sus muertes y de sus sonrisas.

Le desafío a demostrar cómo ésta canalla está cumpliendo sus obligaciones con el Estado para resarcirlo por las compensaciones que las víctimas recibimos de los fondos públicos de todos los españoles de bien y no de los procedentes de estas alimañas, de estos indigentes morales, intelectuales y sociales.

Y cuando lo haya hecho – si alguna vez llega a ocurrir – aún faltarán dos cosas que ni usted ni nadie, Pérez Rubalcaba, puede conceder: el perdón de las víctimas y la satisfacción por sus crímenes.

Yo no les perdono, señor Pérez Rubalcaba. Y usted no puede suplirme en esto. No les perdonamos y si, llegado el caso real, tras su arrepentimiento real, después de colaborar con las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado para lograr la condena de otros asesinos y destripar la banda de manera fehaciente llegáramos a la conclusión de que merecen nuestro perdón, de lo que puede estar seguro, señor Ministro, es de que nunca les exoneraríamos del cumplimiento íntegro de sus penas.

El perdón es para salvar el alma o la conciencia, señor Rubalcaba, no para eludir el castigo y la reposición.

Por eso usted, Ministro, tiene que marcharse. Tiene que huir de este país. Porque su responsabilidad va más allá de la miseria moral de sus protegidos. Usted nos ha mentido a las víctimas una y otra vez. Nos ha engañado y ha comerciado con la sangre de los nuestros para apuntarse un tanto político que les mantenga en el poder entre tanto desastre cotidiano. Y tampoco a usted le perdono ni le perdonaré nunca por ello.

La política penitenciaria de acercamientos y negociaciones ha sido una constante en los gobiernos populares y socialistas. Y es cierto que fueron decenas los “acercados” y excarcelados en tiempos de Aznar; tampoco a él se lo perdonaré nunca.

Pero ustedes repiten una y otra vez los mismos pasos que ya le hemos prohibido explícitamente los españoles en general y las víctimas en particular, sólo para permanecer en el poder. Y en todo caso, ahora, este es su baile, Rubalcaba, no el de Aznar, y las comparaciones no le libran de su culpa.

Se lo diremos una vez más hoy y desde aquí. Se lo prohibimos, señor Rubalcaba. Se lo prohibimos por mil razones que va a tener la oportunidad de escuchar nuevamente aquí, si es que entre sus ocupaciones encuentra un momento para las víctimas.

Es, probablemente, la única cosa que la sociedad le ha prohibido sin tener que atender a sus colores políticos. Y no le perdonaremos otra traición. Será usted responsable y terminará pagando un alto precio por ello. Acomódense y escúchennos.