lunes, 21 de septiembre de 2015

LA HORA DE LOS BELLACOS, LA HORA DE LOS VALIENTES


Que la época que nos ha tocado vivir se caracteriza fundamentalmente por la miseria moral de su clase dirigente, ya sea política, intelectual, social o empresarial, es un hecho que ofrece pocas dudas y, por tanto poca discusión.

Que como consecuencia de ello, la mentira, la falsedad, el invento, la tergiversación, la manipulación, la corrupción y el engaño son la moneda de cambio habitual y el mecanismo de conquista de voluntades es también un hecho, aunque éste - en el país del relativismo moral perpetuo, que lidera el ranquin de zafiedades y ediciones de “Gran Hermano”, y que supera en índice de audiencia, en la principal franja horaria, cualquier otro programa por goleada – siendo indiscutible,  no será fácilmente reconocido por sus víctimas, entre otras cosas porque son las mismas que disfrutan de ese y otros vertederos intelectuales y que, de cuando en cuando, deciden con su sopesado, sesudo y democrático voto, quiénes han de gobernarnos, de qué manera han de hacerlo y a quién corresponde el derecho temporal de seguir tomándonos el pelo, robarnos a manos llenas y, eso sí, darnos permanentes lecciones de ética, moralidad, equidad y justicia democráticas, a lo cual llaman – maldito sarcasmo – solidaridad y/o libertad, según se trate de unas u otras miserables falacias.

Estos días asistimos al dantesco espectáculo y a la macabra manipulación de la realidad catalana, antes, durante y por supuesto después – anticipando ya lo que sí y lo que no ocurrirá – de las elecciones al Parlamento Autonómico catalán de este mes de septiembre.

Espectáculo que cabría esperar de Mas, de Junqueras y de toda esa patulea de embusteros estructurales que constituyen la “realidad catalana”, porque siendo ellos los máximos responsables del latrocinio al que han sometido a Cataluña – y por extensión al resto de España- desde que llegaron al poder, allá en el pleistoceno, no les queda más remedio que seguir alimentando la falacia y la falsa ilusión de los “juguetes rotos” que han fabricado tras décadas de control educativo, como el jugador de máquina tragaperras o de casino sigue jugando compulsivamente, alimentando máquinas y mesas, con la esperanza – que conocen perfectamente falsa – de que un golpe de suerte, que jamás se produce, les devuelva lo ya perdido o al menos parte de ello. Es la razón del ludópata.

Claro que en el casino nadie espera que el crupier, ni el dueño del casino, ni el vigilante de seguridad que sigue las evoluciones a través de los monitores, te aseguren, te sugieran, te inviten a pensar que, si la cosa no sale bien, si pierdes todo, no tengas por qué preocuparte, porque enseguida habrá alguien que renegocie tu deuda, reconozca tu singularidad y termine dándote buena parte de lo que ya te jugaste, con el delito añadido de que lo que te jugabas no era tuyo, sino de aquellos a los que engañaste para que te auparan al poder.

Y eso es lo que hacen todos estos cretinos de la derecha y de la izquierda democrática y parlamentaria de toda clase y condición: Mentir, engañar, volver a mentir, volver a engañar y terminado eso, desempolvar del cementerio a los elefantes causantes de las anteriores oleadas de indignidad, para que le pidan al jugador que siga apostando, que no hay riesgo de perder y que siempre hay un premio de consolación, más grande cuanto más apuestas.

Y de estos, a diferencia de la casta convergente y republicana a la que no le queda más remedio, como ya hemos dicho, cabría esperar justo lo contrario de lo que hacen cada día: Obviar la falacia y actuar en consecuencia con todas las de la ley. Pero no.

Estos días oímos hasta la saciedad que nos enfrentamos a un proceso secesionista, que se dilucidará en unas elecciones plebiscitarias a finales de mes: ¡MENTIRA!

No hay elecciones plebiscitarias, sencillamente porque no está ni el ánimo, ni en el espíritu, ni en la letra, ni en las atribuciones de la convocatoria electoral. No puede estarlo, porque la institución y la convocatoria sólo tienen un carácter, que es el que le otorga la legislación, para elegir un nuevo Parlamento. Es decir, para lo de siempre, para decidir quién se lo sigue llevando crudo ante la estupidez congénita del votante engañado voluntariamente.

Razón por la cual el sistema de conteo de votos sigue manteniendo distribuciones peculiares en función de la provincia y la población y haciendo posible que menos votos arrojen más escaños, torciendo el sentido de cualquier referéndum que sí tuviera el carácter de plebiscitario, si ello fuera posible, sea sobre esto o sobre la caída de la hoja.

Las coaliciones podrán vestirse de lagarterana, los políticos afirmarlo a diestro y siniestro y los imbéciles entrar al juego de aceptarlo y discutir cada día, hasta la saciedad, lo que ocurrirá si gana el Sí en el “plebiscito” o si gana el No, como si alguien, de verdad, les hubiera formulado esta u otra cualquier pregunta parecida. Pero la realidad no cambia: NO HAY PLEBISCITO. NO HAY PREGUNTA ACERCA DE LA INDENPENDENDIA; NO HAY RESPUESTA, POR TANTO, y MIENTE QUIEN LO DIGA Y QUIEN LO ACEPTE COMO  INEVITABLE.

Es como si el Barça decidiera el próximo domingo saltar a la cancha, a jugar cualquier partido, afirmando que el vencedor de ese encuentro deberá ser proclamado campeón de liga, porque así lo ha decido el Barça y se proclamará unilateralmente, piense lo que piense el rival, y el resto de rivales de la Liga. Podrán jurar en arameo, pero seguirá siendo tan mentira como que en las próximas elecciones se vote la independencia de Cataluña.

Pero lo grave de esto, insisto, no es lo que digan el ladrón, sucesor del delincuente confeso, y el repugnante de su socio republicano, sino lo que se empeñan en explicar todos los demás anticipando lo que suponen, tendría graves consecuencias.

Así, oímos a empresarios, a Jefes de Estado y de Gobierno, a Confederaciones de Cajas, a Entidades Bancarias, a Instituciones Europeas e Internacionales en general e incluso a locutores y periodistas de medios extranjeros – los de aquí ya ni lo explico – discutir acerca de si los catalanes serían o no expulsados de la Comunidad, de la Península Ibérica, de la Zona Euro… De si sus economías se resentirían o de si sería posible “exportar” sus productos a “España” o tener moneda común.

¿Es que ya hemos aceptado que eso es lo que se pregunta y que, como consecuencia, eso es lo que pasaría “si ganara el Sí”, por el cual nadie ha preguntado? ¿Es que somos tontos de baba? ¿Es que no nos damos cuenta de la trampa saducea, incluso mejor tramada, con mejores expectativas (escaños frente a votos) y con mejor acogida que el famoso referéndum ilegal, que supone entrar en este juego?

¿Qué forma ha tenido que adoptar la coalición JUNTOS POR EL SÍ? ¡La de Partido Político!, ¡La de agrupación política conforme a la legislación vigente, para participar en unos comicios para la elección de una Cámara de Representación!

Pero es que además vuelven a mentir, todavía más torpemente que los miserables secesionistas, afirmando cual sería el caótico escenario: “Si vence el sí, si se produce la secesión, si se declara la independencia entonces Europa…. La moneda…, las siete plagas…”: ¡MENTIRA!

Si se produce la secesión no será por lo que digan las urnas al Parlamento Catalán – y desde luego no ocurrirá lo que dicen los banqueros - sino porque una serie de delincuentes, de  traidores a España, atribuyéndose unas facultades que no tendrán, en contra de la voluntad del pueblo Español – no por mayoritaria o minoritaria sino por Constitucional, por ordenamiento jurídico – la declaren de una de dos maneras posibles: o unilateralmente o consensuada con el Estado español del que pretenden separarse. No hay otra forma y miente quien diga lo contrario.

Y ante estos dos únicos escenarios posibles, digan lo que digan los mojigatos, periolistos, peperos, prurisociatas y populistas de toda clase y cuño, no hay más que dos opciones por parte del Gobierno de la Nación:

Ante la declaración unilateral, la suspensión del órgano legal; la detención, proceso, juicio, condena y encarcelamiento posterior, conforme a derecho, del o de los que formulen la declaración; la intervención de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado para mantener el orden y la ley ante el previsible altercado, e incluso del Ejército en caso necesario; y la convocatoria de nuevas elecciones para reponer en la cámara nuevos ciudadanos españoles, catalanes por supuesto que, en el uso de sus atribuciones, sigan gobernado Cataluña como les plazca, pero cumpliendo con la ley que hasta ahora siempre han ignorado, y al amparo de la legislación vigente o de otra que se modifique por los cauces correctos, algo que, personalmente anhelo, para acabar con un Régimen Jurídico del que, precisamente, parten buena parte de nuestros males.

NO HAY MÁS SALIDA LEGAL, LÍCITA NI POSIBLE, por mucho que al cagón del Presidente del Gobierno le aterrorice tener que tomar esta decisión, de cuya función, por cierto, debería quedar relevado civil o militarmente y mediante detención, si no la tomara, incumpliendo la ley, y si en España quedara, para entonces, alguien con pelotas para hacer lo que legalmente correspondiera, que esa es otra.

Ni salidas del Euro, ni desconexión, ni caída de las “exportaciones”, ni cierre de fronteras, ni nada de todo eso con lo que se atiza, no solo el deseo de “votar independencia” aunque no sea eso lo que toque votar, sino el miedo de los catalanes y de los no catalanes, ante el caos.

No es un deseo mío, no es una película de ficción o una propuesta mía. Es la única salida que incluso en épocas anteriores, se ha utilizado al amparo de la ley, para sofocar la maldita, anacrónica, artificial, ficticia y miserable secesión de los que, hoy subidos en el euro suizo y andorrano, se han atrevido a proclamarla. La Segunda República, que tanto inspira a todo el arco parlamentario, fue la última que no tuvo otro remedio que hacerlo, con alto coste, por cierto, en vidas y haciendas, de muchos españoles, nacidos o residentes en Cataluña.

Pero la mentira es aún más burda en este segundo escenario - el más probable y más próximo a todos esos “intelectuales” de PSOE Y PP que señalan la necesidad de recoger la “singularidad catalana” como si en el resto de España e incluso del mundo, no fuéramos conscientes de tal singularidad y como si ésta no estuviera ya recogida en usos, costumbres y textos legales singulares.

Los catalanes tienen lengua propia, impuesta a sangre, fuego y multas, por sus atracadores gubernamentales que, por supuesto, hablan mucho y cuando les place y en muchas ocasiones cuando sus centinelas obligan. Tienen un derecho particular que hace que, por ejemplo, los herederos o los regímenes matrimoniales sean distintos al resto de España. Tienen un régimen fiscal y recaudatorio distinto al resto de España. Tienen tantas manifestaciones culturales propias, como conjuntas con el resto de España. Y tienen, sí, una lengua común – aunque persigan a sus hablantes, como bien ha recordado recientemente Norberto Picó - con el resto de España y una historia común – la real, no la inventada – y una Religión – el catolicismo – común al resto de España, a buena parte del resto de Europa y a todo el mundo hispanoamericano, que los hace a la vez singulares y muy hispanos. No hay gesta catalana que no se corresponda con una gesta española. No hay gesta española que no esté trufada de valientes procedentes de esa noble, peculiar y rara tierra española. ¿Qué significa reconocer la singularidad, merluzos?

¡Cobardes! Es lo que son. Creen que cualquier salida es buena aunque suponga un terrible agravio para el resto de españoles, con tal de no tener que enfrentarse a sus obligaciones y sus monstruos. No quieren ni oír hablar de la Constitución y el Ejército y para ello están dispuestos a mandar continuos mensajes de falso crupier, invitando a seguir jugando. No se les pasa por la cabeza, siquiera, la posibilidad de acabar para siempre con tanta mentira tomando el control allí donde lo abandonaron tan pronto con concesiones parecidas a las que ahora pretenden: la educación y las finanzas, aprovechando la oportunidad que brindarán, probablemente, los independentistas de la estelada.

Y fieles a su mentira, mienten también – y se les ve el plumero – con todas esas declaraciones institucionales acerca del futuro de Cataluña y su encaje en el mundo posterior. ¡MENTIRA, una vez más! Nadie los expulsará de ningún sitio ni le negará nada. Dichas declaraciones predicen su actitud ante lo que se viene encima.

Una actitud en la que, dado que no reaccionarán ante la declaración unilateral, como hemos descrito, aceptarán, de facto, una situación consentida (no hay otra: o intervención o consentimiento) y en tal caso…. ¿de verdad alguien se cree que en la Europa de los mercaderes, de los atribulados liberales y socialdemócratas, habría nadie con narices suficientes para, ante la inacción y reconocimiento de facto por parte de España, negara su legitimidad a una Cataluña independiente y con ella el regreso a las instituciones internacionales?

¿Alguien cree de verdad que no se sucederían, ante la dejación española, los reconocimientos internacionales, por parte de nuestros enemigos, primero y por todos después, de la nueva nación? ¿No vemos ya a los gorilas rojos de medio mundo nombrando embajadores? ¿A los irlandeses, bálticos, balcánicos, etc. haciendo reconocimientos más o menos ambiguos pero igualmente válidos? ¿NO vemos a la Sociedad de Naciones, a la ONU, golpeándonos en el bajo vientre por esta causa?

Lo que nos jugamos próximamente no es la declaración unilateral de independencia, sino su consentimiento de facto. Lo que nos jugamos es que la cobardía institucional, la dejación de funciones, la tolerancia democrática, las mentiras piadosas y el cansancio de la gente terminen por afianzar una situación irreversible, ante la mirada atontada de quienes no deseándolo, estarán demasiado entretenidos viendo “Gran Hermano”.

No se vota eso, pero puede ocurrir y probablemente ocurra, incluso aunque no se vote. Y entonces sólo quedará apelar, otra vez, a un puñado de valientes.
Wikio

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