jueves, 16 de octubre de 2008

Toska y los animales sin alma

Solo quien ha tenido la fortuna de compartir su vida con uno de esos bichejos llamados "animales de compañía", o más extensamente, "domésticos", saben a que me refiero. Da igual que se trate de un enorme y tozudo caballo o de un diminuto perrito. Yo siempre he tenido perro. He vivido otras veces la pérdida del fiel compañero, del animal que si no está dotado de alma es porque cabe que el alma se eche a perder. Se me marchó Zar - zaruco, en casa - el enorme Dogo azul por el que mi hermano y yo éramos reconocidos a cualquier distancia en el barrio de nuestra infancia. La foto de su enorme cabeza, llena de bondad, de cariño, de amistad, de lealtad, con una medio sonrisa permanente que sólo nosotros sabíamos interpretar aún cuelga en la pared de casa, en memoria de todo lo que nos dio sin pedir jamás nada. Decidió irse cuando me encontraba asistiendo a mi hermano y a otros dos camaradas durante una de sus innumerables fugas, hace ya muchos años, en el corazón de los Montes de Toledo. Era como si no desease turbar la paz, como si ni siquiera cuando se estaba muriendo hubiera querido desviarnos de nuestras obligaciones. Lo encontré en casa, tumbado, aún caliente y con aquella sonrisa perenne en sus enormes maxilares. Entonces supe cómo se quiere a un animal y cuánto se le echa de menos cuando falta.

También se fue el pequeño Golfo, aquella pelota de pelo meona que se ganaba el cariño de cuantos le conocieron en los primeros diez minutos. Lo elegimos de entre su camada, precisamente por golfo, porque se hizo notar desde el primer momento. Ni mi mujer ni yo dudamos un instante a la hora de decir al propietario cual de los cachorros nos llevábamos: tenía que ser el que colgaba de mi pierna desde que llegamos. Un verano aciago, cuando nuestra pequeña era aún muy pequeña, decidimos dejarlo unos días en una magnífica residencia canina, para no tener que viajar como los argelinos en agosto. Era la primera vez que lo hacíamos y también sería la última. Aquel revoltillo vivaracho de inquietud, de dinamismo, de alegría que todo lo revolucionaba dejó de existir en apenas unos días. Nunca supimos porqué, pero también aprovechó cuando no estábamos, como si no quisiera hacer ruido.

Y ahora se nos ha marchado Toska. La viejita, como la llamábamos en casa desde hacía algún tiempo ya - pues era muy mayor - tuvo que marchar cuando yo me encontraba en los antípodas. Sin darme la oportunidad de abrazarla una vez más. Quizá para no verme llorar, quizá para no hacerme sufrir, quizá porque estos animales sin alma no la necesitan, porque la suplen con un enorme corazón.

Toska llegó a casa hace 15 años. Por fea, decía el dueño de la tienda, no la vendía. Por rebeldía, dijo mi mujer, se vino a casa. Y acompañó todas las cosas buenas y pocas malas que han pasado en nuestra vida juntos. Como testigo silencioso y fiel. Como son ellos, con amor, con calor, con el gesto adecuado en el momento adecuado; retirándose cuando el horno no estaba para bollos; reapareciendo cuando su presencia podía cambiar el humor de los demás. Le salvamos la vida muchas veces. Era delicada y las enfermedades de distinta índole la fueron persiguiendo media vida, pero era rebelde, como su ama, y se negó a dejarse vencer. Al final ya no le quedaron fuerzas y se nos escapó entre los dedos. En realidad fue ella la que, si no nos salvó la vida, nos la hizo siempre mucho más bonita. Sé que Dios tiene que tener reservado un lugar muy hermoso para estos bichitos sin alma. Un fuerte abrazo, Toskita; siempre en mi corazón.

Se que después de tantos días sin escribir y con la que está cayendo, hay mucho a lo que dedicar un artículo, pero no me hubiera perdonado no escribir éste. Perdonadme la debilidad. Mañana será otro día.

1 comentario:

Alvaro Romero Ferreiro dijo...

No te turbes por escribir de Toska y no de lo que nos rodea.Los que vivimos con estos animales(yo tengo 4:(Anselmo,Tina,Lobo y Curry)sabemos lo que se siente ante la perdida de alguno de ellos y quizá algunos sean mas valiosos en los valores que muchos seres humanos.
Un abrazo y porque no:te acompaño en el sentimiento.