jueves, 25 de junio de 2009

Pedro Rizo | Sagrado Corazón en Madrid: 44 años y no 90

Redacción de MINUTO DIGITAL Publicado el 21 Junio, 2009

Es realmente enfermiza la amnesia histórica de los convocantes a este agradable acto. Nos referimos a la concentración de este domingo ante el monumento al Sagrado Corazón de Jesús, por cumplirse el nonagésimo aniversario de su inauguración por el rey don Alfonso XIII. Un monumento que fue destruido por los socialistas un día de agosto de 1936. Pero esta convocatoria está envenenada de cobardía y de entreguismo como si la historia no hubiera registrado, y con qué generosidad, la existencia del erigido en 1965, glorioso y grandioso, por el anterior Jefe del Estado, el Generalísimo Francisco Franco.

Estúpido se nos hace rehabilitar ahora, en su 90º aniversario - ¿Por qué no el siglo? ¿Por qué no los 75 años? - la memoria de Alfonso XIII. Precisamente, como homenaje de monarquismo redivivo en nuestros obispos. Raya el sectarismo más indecente porque aquel Borbón abandonó España a las hordas socialistas pronto volcadas en incendiar iglesias, matar obispos, violar religiosas y aterrorizar a toda la grey católica, y escamotear una mínima mención al soldado que defendió la religión, salvó a la Iglesia, adoptó sus principios, gobernó con su consejo y le devolvió un patrimonio que ya tenían perdido. Un caudillo, no se olvide esta condición pues fue casi idolatrado por su pueblo, que respetó al estamento eclesial en sus libertades de proselitismo y pública expresión de la fe, a más de otorgarles los campos de acción educativa y hospitalaria en papel relevante y duradero. La conmemoración que nos ocupa hoy, antes que a ninguna otra cosa debe aplicarse a que Jesús, el Cristo, aquél por el que los obispos son obispos, fue desagraviado por Franco con mayor monumento, con triplicada Basílica e inmensa explanada capaz para acoger docenas de autocares y cientos de peregrinos. Desde 1965, este monumento, en contraste con el de 1919, es el símbolo del triunfo del Bien sobre el Mal, memoria de los que arriesgaron la vida por Dios y por la Patria frente a los enemigos de ambos. Ese magnífico monumento erigido en el centro de España y visible en un radio de 10 kilómetros proclama nuestra raíz espiritual por deseo del entonces Jefe del Estado español que a diferencia de algunos obispos y algún papa sí era hombre de acendrada fe. El otro monumento, no. El otro es un recuerdo triste, sobrecogedor, del odio de unos y de la cobardía de otros, como lo fue en aquel rey que huyó sin abortar la barbarie, pues que pudo y debió hacerlo pero prefirió dejar España al borde de un mar de sangre. En todo caso, y dado que en él se quieren significar los obispos, también es certera insignia de tan extraños pastores de ovejas, que no de almas.

Para terminar con estas amnesias, antes de que el lobo vuelva despedazar al ingenuo que le da de comer ayudemos a las neuronas perezosas.

Cuando acabó la Segunda Guerra Mundial el comunismo parecía extenderse como encarnación ideológica del Anticristo. Un telón de acero cubrió enseguida un territorio que incluía desde los Urales a Finlandia, media Alemania y Austria, y amenazaba Italia y Francia. (Austria y Finlandia fueron en pocos años declaradas neutrales.) En 1949, Mao tomaba impune la inmensa China y su ambición apuntaba a la India y el Tíbet; Corea del Norte desafiaba a la ONU; la subversión en todo Occidente se juntaba al estupor de descubrir que Rusia y China disponían del arma atómica como quien recoge un pastel colado por la ventana. Simultáneamente aparecía Fidel Castro, en Cuba y las guerrillas liberacionistas de Hispanoamérica. Se entregaba a los comunistas los pueblos católicos de Indochina, por negarse los USA al apoyo logístico solicitado por los ejércitos franceses, algo que los americanos pagaron en Vietnam con increíble ignominia. De la inmensa Argelia ni hablemos. La la injerencia de Juan XXIII en extravagante apoyo a las tesis del General De Gaulle - telegrama de 1963 -, empujó al Islam a toda la población argelina… Y no nos olvidaremos de la frenética subversión marxista en el África negra financiada por la URSS, consentida por la ONU y aplaudida secretamente por los ‘liberacionistas’ del Vaticano.

A nadie extrañará, por tanto, que el comunismo se atreviera a componendas hasta entonces impensables… Una carta de Nikita Kruschev, que su yerno entregaba a Juan XXIII - , papa al que muchos estudiosos acreditan masón y rosacruz -, aseguraba a la Iglesia que “un entendimiento entre marxismo y cristianismo sería muy conveniente para ambas partes”. Se daba el pistoletazo al gran cambio estratégico. La persecución violenta se sustituía por la contaminación sistemática. Y el aislamiento de los poderes hasta entonces leales, que el mismo papa Pío IX despreció no invitándoles al Concilio Vaticano I, daba cumplimiento a aquella predicción de Bismark: «Si el papa perdiera el apoyo de los poderes de este mundo podría echarse en brazos del socialismo hasta fundirse en un todo con él.» Aquella carta de Kruschev trajo la consigna de dulcificar el socialismo casi como si se tratara de un fruto natural de la Iglesia. En España destacaron los funcionarios de esa monstruosidad. Gente como el joven Alfonso Carlos Comín y, tras la muerte de Franco, los “acreditados intelectuales” Enrique Tierno y Peces Barba, o los desenmascarados obispos Bueno Monreal o Enrique y Tarancón. Una rara tropa de dementes por quienes los católicos a la usanza de siempre dejaríamos de ser carcundia despreciable. El nuevo catolicismo se enfocaba así: « […] la Iglesia debe desnudarse de sí misma […] para enrolarse con todas sus fuerzas en el proceso revolucionario y asumir la lucha histórica del proletariado, reencontrando así su propio ser. Los fieles de esta Iglesia intermedia (atención a la palabra “intermedia” que anuncia nuevas metas) deberán renunciar a […] cualquier intento apostólico de anunciar la fe.» (GER, entrada “Progresismo”)

La Iglesia jerárquica se esmeró en hacer buena la profecía de Bismark. Buscó fórmulas de supervivencia, de lo que en pocos años fue rico muestrario la “ostpolitik” del masón Casaroli. El planeta eclesial parecía rotar sobre un único eje revolucionario y el Concilio, con audaces iniciativas de nombres como Karl Rhaner y Hans Küng, éste con su auxiliar Joseph Ratzinger, admitía como bueno lo que siempre se tuvo por malo. La nueva Roma fundaba foros y escuelas que hicieran digerible el comunismo. De allí surgieron conocidas consignas como “cristianos por el socialismo” o “Cristo fue el primer comunista”. El credo de moda en multitud de parroquias de España, y de América, era el de Ipalacagüina, con un «Cristo que no quiere ser carpintero sino empuñar el arma del guerrillero.» El progresismo proletarista, quiero decir al comunismo, gustó la miel de ser predicado en las misas dominicales para que «de los altares vacíos hicieran su morada los demonios.» (Ernst Jünger).

En los seminarios y comunidades religiosas los comunistas triunfaban con el método más eficaz de recluta de idiotas: la ridiculización, la burla. Método infalible para minar voluntades. Voltaire era un artista en su utilización: «El ridículo es mi arma más poderosa pues todo lo corrompe.» Quién se extrañará de que según avanzaban las sesiones del CVII el Partido Comunista de Italia exultara de expectativas. Así lo confesaba el XI Congreso dedicado al “Nuevo horizonte de diálogo con los católicos”.

«El hecho extraordinario de la apertura del Concilio que con toda razón puede compararse con los Estados Generales de 1789, ha venido a mostrar a todo el mundo que la vieja Bastilla político-religiosa está siendo conmovida en sus cimientos. Ha surgido una nueva situación a la que hay que hacer frente con los medios adecuados. Se presenta una posibilidad insospechada de acercarnos a nuestro triunfo final. […] El Concilio nos pone de este modo en las manos, y gratis, los mejores instrumentos con que poder llegar al público católico. […] Jamás hemos estado en una situación tan favorable.» (PROPAGANDA, órgano oficial del Partido.)

Sería injusto si de toda esta historia no reconociéramos el mérito de la masonería. Fijémonos con atención en las previsiones del Gran Oriente de Francia y su descaro para fijar objetivos:

«Entre los pilares que se están derrumbando [se refiere en el CVII] podemos enumerar: la potestaddel Magisterio; la infalibilidad que el Concilio Vaticano I quiso dejar sentada y que ahora sufre nuevos embates […]; la presencia real eucarística, que, si pudo ser impuesta por la Iglesia [ahora] gracias a los progresos de la intercomunión (ecumenismo), y a la concelebración entre sacerdotes católicos y pastores protestantes, se dispersará sin duda; el carácter sagrado de los sacerdotes […] habrá de sustituirse por una elección de marco temporal; [desaparecerá] la distinción entre la jerarquía superior y el bajo clero, pues éste en adelante será la catapulta del principio elector como en toda democracia; la extinción paulatina del carácter ontológico y metafísico de los sacramentos, y por tanto el ocaso de la confesión, dado que en nuestro tiempo el concepto de pecado es un total anacronismo…» (L’HUMANISME, 1968, pág. 74 y ss.)

Está claro. En 1968 el Gran Oriente ya sustituía al pecado por el relativismo moral que hoy impera, y este cambio hervía en los cenáculos Vaticanos. Y puesto que los jesuitas se dejaron arrastrar por su vanidad de ir a la cabeza de la procesión aun sin saber hacia dónde caminan (perdónenme la ironía) se constituyeron en vanguardia para la conversión de la Iglesia… ¡al marxismo! Lo más fácil y menos glorioso puesto que lo difícil es convertir a los marxistas a la Iglesia.

Nada menos que ante el Senado de los USA, el 30.09.1981, un jesuita —uno entre cientos—, el P. Luis Eduardo Pellecer, declaraba sobre la implicación de padres de la Compañía en las actividades terroristas en Centroamérica, y de España. En ésta referido a las provincias vascongadas. (Informe del “SUBCOMMITTEE OF SECURITY AND TERRORISM”, Washington, DC.) En dicho documento nos enteramos de que en gran medida la guerrilla se había financiado con fondos de los donativos a conocidas ONGs originadas o controladas por ellos en Europa y en EE.UU. En mucho, esos carteles humanitarios colocados a las puertas de los templos, que atraían dinero de los fieles para luchar contra el hambre pero que más se usaba para que los pueblos se alimentaran de odio.

La extraña amnesia que la jerarquía eclesial dedica al 44º aniversario del monumento restituido al Sagrado Corazón de Jesús nos ha traído, como el lector ve, muchos recuerdos. Aún así, nos asociamos al acto y confiamos sea de buen augurio para la Iglesia.

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