domingo, 1 de agosto de 2010

Editorial especial nº 46: Acercamientos, negociación y elecciones: "La tigresa"

Ayer se ha sabido que la asesina miserable Idoia López Riaño ha sido beneficiada con el acercamiento, desde Granada, a la prisión de Nanclares de Oca.

Es decir que, en palabras de Pérez Rubalcaba, Idoia López Riaño no es etarra, ha pedido perdón a sus víctimas, las está resarciendo conforme a sentencia y con ella, como con todos los demás casos, se está cumpliendo la ley y nada más que la ley.

Idoia López Riaño asesinó a 23 personas a sangre fría. Fue expulsada de todas las maras - me niego a llamarlo comandos - a las que perteneció, precisamente porque, en opinión del resto de las alimañas de cada mara, era una bestia inmunda de gatillo fácil.

Esto, dicho por excrementos humanos como Antonio Troitiño Arranz o el propio Soares Gamboa, pone el vello de punta. Si en opinión de quienes no tienen el menor escrúpulo para asesinar cobardemente a todo el que se cruza en su camino, la autodenominada “Tigresa” es una mala bestia, ¿qué imagen podemos tener de ella el resto de la humanidad y especialmente sus víctimas?

López Riaño se reía de sus víctimas durante su juicio. Pateo los cristales de su cubículo hasta que fue expulsada por el magistrado; negó la legitimidad del tribunal que la juzgaba y jamás ha mostrado el más mínimo arrepentimiento, sencillamente porque esa es una característica humana de la que este sapo lleno de bilis carece.
López Riaño fue juzgada en 2006, tras su extradición a España en 2001 y condenada a miles de años por su crueldad, por su miseria moral, y por su repugnante asociación con el resto de delincuentes descerebrados y sin más vísceras que las necesarias para no morir.

Pero Idoia López Riaño es una etarra y va en su condición de etarra ser el último excremento de la cadena trófica y comportarse como tal. Como el escorpión, es imposible que no se inocule a sí misma todo su veneno mortal, si con ello puede causar mal a otros seres. Y es imposible que se arrepienta de nada porque para eso hay que tener alma, conciencia, sentimientos, cerebro y corazón, más allá del órgano mecánico que la mantiene tristemente con vida. A nadie engaña López Riaño.

Es, en cambio, un delito de magnitud incalculable, la actitud del Ministro del Interior. Personalmente no le adjudico más alma que a “la tigresa”, ni siquiera más humanidad, pero como representante del Ministerio encargado de velar por la seguridad, por la libertad y por la integridad de los españoles, le adjudico una responsabilidad que debieran tenerlo ya en el banquillo de los acusados.

Porque Pérez Rubalcaba miente cada vez que abre la boca. Traiciona a todo el que le rodea, se cisca en la sangre de las víctimas y viola todo principio de legitimidad. Porque Pérez Rubalcaba sabe que si hubo algo en la legislatura pasada que hizo, siquiera por un momento, tambalear el gobierno del que forma parte fue, precisamente, su negociación abierta y declarada – cuando lo fue – y soterrada y oculta la mayor parte del tiempo, con la banda asesina de criminales etarras.

Por eso ahora niega, miente, insulta, y ofende a todas y cada una de las víctimas.

Señor Pérez Rubalcaba. Yo le desafío. Las víctimas del terrorismo le desafiamos a demostrar que Idoia López Riaño nos ha pedido perdón a nosotros, a sus víctimas directas, y a la sociedad en su conjunto, como víctima colectiva.

Le desafío a demostrar el arrepentimiento público con la misma publicidad con que cometió sus tropelías. Con los mismos testigos, con las mismas cámaras y las mismas fotos con las que España supo de sus muertes y de sus sonrisas.

Le desafío a demostrar cómo ésta canalla está cumpliendo sus obligaciones con el Estado para resarcirlo por las compensaciones que las víctimas recibimos de los fondos públicos de todos los españoles de bien y no de los procedentes de estas alimañas, de estos indigentes morales, intelectuales y sociales.

Y cuando lo haya hecho – si alguna vez llega a ocurrir – aún faltarán dos cosas que ni usted ni nadie, Pérez Rubalcaba, puede conceder: el perdón de las víctimas y la satisfacción por sus crímenes.

Yo no les perdono, señor Pérez Rubalcaba. Y usted no puede suplirme en esto. No les perdonamos y si, llegado el caso real, tras su arrepentimiento real, después de colaborar con las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado para lograr la condena de otros asesinos y destripar la banda de manera fehaciente llegáramos a la conclusión de que merecen nuestro perdón, de lo que puede estar seguro, señor Ministro, es de que nunca les exoneraríamos del cumplimiento íntegro de sus penas.

El perdón es para salvar el alma o la conciencia, señor Rubalcaba, no para eludir el castigo y la reposición.

Por eso usted, Ministro, tiene que marcharse. Tiene que huir de este país. Porque su responsabilidad va más allá de la miseria moral de sus protegidos. Usted nos ha mentido a las víctimas una y otra vez. Nos ha engañado y ha comerciado con la sangre de los nuestros para apuntarse un tanto político que les mantenga en el poder entre tanto desastre cotidiano. Y tampoco a usted le perdono ni le perdonaré nunca por ello.

La política penitenciaria de acercamientos y negociaciones ha sido una constante en los gobiernos populares y socialistas. Y es cierto que fueron decenas los “acercados” y excarcelados en tiempos de Aznar; tampoco a él se lo perdonaré nunca.

Pero ustedes repiten una y otra vez los mismos pasos que ya le hemos prohibido explícitamente los españoles en general y las víctimas en particular, sólo para permanecer en el poder. Y en todo caso, ahora, este es su baile, Rubalcaba, no el de Aznar, y las comparaciones no le libran de su culpa.

Se lo diremos una vez más hoy y desde aquí. Se lo prohibimos, señor Rubalcaba. Se lo prohibimos por mil razones que va a tener la oportunidad de escuchar nuevamente aquí, si es que entre sus ocupaciones encuentra un momento para las víctimas.

Es, probablemente, la única cosa que la sociedad le ha prohibido sin tener que atender a sus colores políticos. Y no le perdonaremos otra traición. Será usted responsable y terminará pagando un alto precio por ello. Acomódense y escúchennos.

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