viernes, 23 de julio de 2010

Editorial y programa 43 de La Gran Esperanza: El Estatuto de Cataluña



El Estatuto de Cataluña ha sido refrendado por el Tribunal Constitucional. O no. No ha sido refrendado por el Tribunal Constitucional. Todo depende de a quién le escuchemos la versión. Porque lo cierto y verdad es que del Estatuto como tal, de su constitucionalidad o inconstitucionalidad, los Magistrados no han discutido ni cinco minutos. Todos saben que es una aberración del preámbulo a la coda.

De lo que han discutido cuatro años es de cómo salvaguardar su cuota de poder, su maltrecha imagen y su propia subsistencia. Porque de lo que se trataba no era de hacer un análisis jurídico - que eso en cuatro años lo han podido traducir a 20 idiomas y escribirlo en redondilla a mano alzada – sino de justificar ante los respectivos partidos del aparato de poder, PP y PSOE, la función que les ha sido encomendada por ellos, por la famosa separación de poderes de Alfonso Guerra.

Y los políticos tampoco estaban interesados en resolver las graves consecuencias de la aprobación del Estatuto. Su problema, era simplemente saber quién se apuntaba la victoria política y electoralista de uno u otro fallo. Y como en toda campaña electoral, han ganado todos.

Como no podía ser de otra manera, el fallo - y suponemos que la sentencia entera - ni ha servido para establecer la paz institucional, ni para calmar los ánimos independentistas, ni para acabar con la imposición catalanista al resto de la sociedad – catalana y no catalana - ni para zanjar el asunto.

Muy astutamente, para lo único que le ha servido a Zapatero, una vez más y tras cursar los oportunos avisos e instrucciones durante todo el fin de semana, es para desviar la insoportable presión que está recibiendo, como consecuencia de su nefasta política, desde todos los ámbitos de la vida pública y privada.

De esta manera, ahora es Montilla quien tiene que faenar. Y con él o contra él, los Roviras, los Mases, los Duranes, los Pujoles desenterrados y los Maragalles reconstruidos. De esta manera, las huelgas previstas, la subida del IVA, la crisis galopante, la subida de precios de las energéticas, el aumento del paro y tantas otras cosas, pasan a segundo plano, debatiéndose entre los triunfos de la selección – que él bautizó como roja y por cuyas victorias debe rezar cada noche al dios pagano al que rece el inquilino de la Moncloa, con tal de mantener la atención en Sudáfrica y el ánimo popular positivo – y las consecuencias de la aprobación parcial del criminal estatuto. De paso, las elecciones que Montilla parecía tener perdidas, reciben un nuevo impulso y, a la llamada de “a mi Catalunya”, todos, como un solo hombre, se ponen a sus órdenes para luchar por la “dignidad perdida”, dicen ellos, y quizá pueda liderar en octubre un tercer mandato con el Estatuto adulterado por bandera.

Todo ello bien aderezado con otro cántico nocturno a la negociación con ETA y al denominado fin de la violencia que - estima el susodicho - serán suficientes para paliar los efectos de su devastadora política económica, social, nacional e internacional.

El Estatuto es, de un lado, la consagración de la ruptura de España; La ruptura física, ideológica y social, y la consagración, igualmente, de que pueblo soberano y poder político caminan por diferentes vías creyendo inocentemente, que estamos en una democracia en la que es el pueblo el que decide. Incluso han llegado a creer que cualquier cosa es válida si es decidida por mayoría.

De otro lado, el Estatuto es la garantía de continuidad del bucle melancólico que con tanto acierto describiera hace ya años nada menos que Jon Juaristi: La permanente y supuesta idea de luchar por recuperar algo que nunca existió pero que consideran perdido. Porque recuperar algo que nunca existió es, sencillamente, imposible. Es, de hecho, el combustible necesario para cualquier nacionalismo disgregador: mantener siempre vivo el anhelo; tener algo más que pedir, para sostener la cara compungida, el gesto agrio y sus huestes enfadadas en torno al falso ideal de la libertad perdida.

Entretanto, una comunidad que históricamente destacó por su cristianismo, que se levantó siempre que fue preciso en defensa de los valores tradicionales y en defensa de nuestra civilización, ha colado al resto de España, con la anuencia de Zapatero y la colaboración necesaria del Tribunal Constitucional, de infausto nombre, un Estatuto que nos entretiene discutiendo si el preámbulo es o no vinculante – como si no bastase verles y oírles predicar la independencia - pero que en su contenido ha consagrado el triunfo de la cultura de la muerte, tanto al inicio como al final de la vida; que impone su política lingüística disgregadora y aberrante, que promueve la escuela laica y diferenciada del resto de España, las familias de distinta composición, el fin del sistema de redistribución económica para con el resto de España, la independencia “nacional” como objetivo y la persecución, por tierra mar y aire de todo aquel que discrepe.

Y lo hace, naturalmente, en nombre de un supuesto pueblo catalán atormentado que, como el resto de España por lo único que está atormentado es por su casta política de corrupción, mentira y poder y que disfruta tanto como el resto de los españoles con los triunfos de la selección.

Hablaremos de todo ello hoy, y de cómo los incautos españoles nos hemos llegado a creer que esto que nosotros hacemos y tenemos, se llama Democracia. Acomódense y escúchennos.

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