jueves, 9 de febrero de 2012

Visto para sentencia...probablemente absolutoria

Gonzalo Martínez Fresneda y Luis Navajas han dado, con sus argumentaciones, la justa medida de lo que se dirime, en realidad, en el Tribunal Supremo y de la naturaleza humana de sus protagonistas.
 
 
Uno y otro - el primero en calidad de defensor, pero no por ello libre de la obligación de mantener un inmenso respeto hacia las víctimas de las brutales matanzas que el marxismo asesino que socialistas y comunistas han venido practicando en España, en nuestro pasado reciente, y el segundo, mucho más grave, como fiscal, es decir como Ministerio Público representante supuesto de la sociedad frente al presunto criminal, en cualquier juicio – han dado en declarar, en sus alegatos finales de uno de los tres juicios que se siguen contra el presunto delincuente Baltasar Garzón (cohecho y prevaricación son las imputaciones, no lo olvidemos), que la insistencia en resolver los asesinatos masivos de Paracuellos – nombre genérico empleado para referirse al terror rojo en España, a fin de no tener que listar la enorme cantidad de checas, cárceles, cunetas, fosas, poblaciones y demás lugares donde los predecesores de Zapatero y Lara se esforzaron en su particular aquelarre de sangre “facista”, pero que incluiría lugares como Torrejón, Majadahonda, Aravaca, Pozuelo, y un sinfín de tapias de cementerio – es “machacona”, “incomparable”, “sin parangón”, “puntual de sacas en Barcelona y Madrid” y que, en todo caso, las víctimas y sus deudos fueron “identificadas, indemnizadas y reparadas”.

No me sorprenden los argumentos. Antes al contrario, me certifican de qué iba esta historia de Garzón, que por fin ha declarado abiertamente su pretensión de “abrir una causa general a la dictadura franquista” para que no se produjese “el olvido y la falta de memoria sobre las víctimas”.

En estos tres rosarios de barbaridades personales, sociales, jurídicas y políticas, se resume el primero de los juicios a Garzón por prevaricador presunto. Por dictar resoluciones injustas a sabiendas de que lo son.

Para estos tres canallas – canallas puntuales, ocasionales y en absoluto comparables con los asesinos de Paracuellos, pero canallas de tomo y lomo, al fin y al cabo – el asesinato sistemático y sistematizado de supuestos adversarios ideológicos, de miles de inocentes -12.000 en las denominadas sacas de Paracuellos - de familias enteras algunas de las cuales tuvieron que fusionar sus apellidos para poder conservarlos, como los Sicluna, porque todos los varones fueron asesinados; de religiosos, monjas, católicos en general, falangistas en particular, líderes de las organizaciones “faciosas” en su totalidad (Calvo Sotelo, José Antonio, Ramiro..); responsables de las más horrendas violaciones, torturas, escarnios; de la apertura y profanación de sepulturas; de las barbaridades que, esas sí, se recogieron en una terrible Causa General - perfectamente fotografiada - llevada a cabo con rigor por los tribunales de la época, tan sólo para que quedara constancia, pues apenas tuvieron consecuencias jurídicas, merced a la tolerancia de los Tribunales de Justicia de la época y la legislación de concordia y punto final* del denostado “régimen dictatorial” son, léanlo y óiganlo bien, “puntuales”, “incomparables” y “ya fueron reparadas”.

Incluso el fiscal se permite el lujo de mencionar, directamente, a Santiago Carrillo como “dudoso autor” de aquellos hechos de los que “todavía hoy se sigue discutiendo”.

Y tiene toda la razón, aunque haya pretendido decir todo lo contrario. No son comparables, efectivamente.

Porque mientras los que “machaconamente” nos acordamos de nuestros muertos de Paracuellos – algunos de ellos hoy enterrados en ese monumento que, precisamente porque les recuerda su estulticia, pretenden derruir, y que no es otro que el Valle de los Caídos, donde también se encuentran los suyos – fuimos víctimas directas de un terror sin provocación previa y sin necesidad de una guerra fratricida de por medio, fuimos después – decía - capaces de crear y construir una nueva España en concordia y en paz, legislando para el olvido y el perdón, rememorando para el común de los combatientes sin distinción de bando, ellos, los de la “memoria y el olvido” – los de la prevaricación – son además los del rencor cierto, los de la memoria distintiva, los que cierran y abren períodos a su antojo, retiran honores, placas, calles, nombres y cualquier otras cosa, rescribiendo la historia sin recato, sin taquígrafos, sin oposición alguna – pues los herederos de aquel régimen de concordia prefirieron quitarse la piel que empezaba a putrefactarseles y hacerse un democrático y cómodo lavado de cara – y son, sobre todo, los que encuentran tan natural y tan mono, que se trate de manera diferente a unos y otros. Y fueron también los que asesinaron a mansalva y pretenden hoy presentarse como víctimas en lugar de como verdugos.

Pero en su intento han quedado claras las cosas: Sí se pretendió un juicio al Franquismo – una vez muerto y desaparecido, eso, si –. No les importó nunca otra cosa que el Régimen, y no las hipotéticas víctimas del mismo; No son, para ellos, iguales y además No albergan ninguna duda acerca de los criminales actos de Franco y su régimen – que ya no puede defenderse – y sí  muchas, acerca de los autores materiales de aquellas otras matanzas que sí pueden hacerlo porque, tristemente, aún viven, pero que, en realidad, consideran como “pelillos a la mar”.

Ya he escrito mucho acerca de esto y me aburre soberanamente. Sólo quería volver a constar que Nüremberg no fue una casualidad. Que los regímenes social-democráticos-conservadores se caracterizan por legislar hacia atrás, por condenar - incluso a muerte – al enemigo, por rescribir la historia y arrancar y quemar las páginas molestas, por condenar a los muertos y encumbrar a los vivos, por culpar de los crímenes propios a los contrarios – ya sea en Katin o en Extremadura – y sobre todo, por tener una enorme tendencia al olvido de los propios “errores de juventud” arrojados en la mar cual molestos pelillos.
Pero las páginas arrancadas, quemadas y rescritas no alteran la historia. Esa sigue ahí, peremne, real, incombustible, y termina, con el tiempo, señalando a cada cual por lo suyo. La historia, al final, es como el toro, que a todos pone en su sitio.
Juan Blanco* tuvo la amabilidad de compartir conmigo un programa especial de La Gran Esperanza que dedicamos al Valle de los Caídos y en el que charlamos acerca de su última obra, escrita precisamente con ese motivo. En su libro se leían con claridad cuales fueron las medidas legislativas y las fechas de aplicación de la legislación del dictarial régimen acerca del perdón y el olvido. Son historia.
Nada de ello me asombra. Pero no me queda más remedio que recordar que el asesino de mi abuelo vive, que fue amnistiado, que jamás hemos sido ni reparados, ni reconocidos, ni indemnizados por ello, que descansa junto a los que combatieron en el lado donde se cometieron esos crímenes horrendos, y sobre todo, no me queda más remedio que volver a recordar que a Garzón no le juzgan ni le han juzgado jamás por esto, pese a su pretendida intención de última hora, que por lo que le juzgan es por golfo, por sinvergüenza, por injusto, por todo lo que debería repugnar a un juez, a un fiscal y hasta, si me apuran, al abogado defensor.

*Nota: Juan Blanco ha fallecido el 6 de febrero pasado en su casa de Madrid tras afrontar, con una entereza encomiable, un terrible cáncer que finalente terminó venciéndolo. Veía mal y se estaba sometiendo continuamente a los tratamientos feroces que estas patologías requieren, pero siempre sostuvo el humor propio de quien sabe que le espera el Altísimo al otro lado de la puerta. Cuando fue invitado a La Gran Esperanza, con un par de meses de antelación a la grabación, me dijo irónicamente: "hijo, cuenta conmigo, pero no te puedo asegurar que yo siga aquí para entonces. Si estoy iré". Aguanrtó todavía una año más para, finalmente, ir a reclamar también para él, su sitio en la Guardia Perpétua. Juan Blanco tuvo una larga trayectoria periodística desde sus inicios en el Arriba hasta la subdirección de "El Alcazar", en sus tristes momentos finales y fue, precisamente esa obra acerca de la Verdad sobre el Valle de los Caídos, la última que publicó, aunque tenía terminada y sin publicar una biografía no autorizada. Fue también autor de uno de los mejores libros acerca del conjunto de traiciones e implicaciones del 23-F. Descansa en paz, viejo amigo.


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1 comentario:

Martín Ynestrillas dijo...

Apenas una hora después de publicado este artículo, recibo las primeras publicaciones de la prensa: Gárzón será inhabilitado por 11 años y expulsado de la carrera judicial, con motivo de sus actuaciones injustas en la quiebra del derecho de defensa (escuchas ilegales). Garzón ha dejado de ser presunto. A partir de ahora es un delincuente condenado por unanimidad, por dictar resoluciones injustas a sabiendas de que lo son. Podrá ganar un hipotético recurso, pero etp ya no lo cambia nadie: Todos los magistrados del Supremo han avalado la tésis de que no vsle hacer trampas. Garzón las practicó siempre: escuchas ilegales, testigos protegidos, reducciones de condena a cambio de testimonios falsos, prisiones preventivas más largas que muchas condenas, sobre imputados que resultarían absueltos. Garzón, delincuente, prevaricador. Se acabó tu estrella