sábado, 31 de octubre de 2009

Editorial de La Gran Esperanza, Programa 27


Hemos asistido estas dos últimas semanas a varios acontecimientos que han llamado poderosamente la atención de este programa. Tanto, que nos preguntamos si, realmente, estamos a las puertas de la clandestinidad; de la necesidad de recluirnos en catacumbas y refugios, de irnos a las montañas para poder seguir profesando una fe, una ideología y una actitud ante la vida y la sociedad, políticamente incorrectas.

Hemos asistido a la concatenación de actuaciones policiales, jurídicas, políticas y mediáticas, destinadas todas a mostrar que los falangistas, los disconformes, los disidentes con el régimen y con el sistema, somos eso que los políticamente correctos llaman “fascistas”, en la acepción más “democrática” del término, que es aquella que nos convierte en execrables, en intolerantes, en odiosos, en peligrosos ultraderechistas fanáticos dignos del mayor de los desprecios, de las más duras condenas y de la persecución sin fin.

Hemos visto cómo se establecían equivalencias insostenibles entre grupos afines a nuestra concepción de España y bandas terroristas con miles de muertos a sus espaldas. Cómo se detenía a cinco “fachas” - supuestos autores de pintadas y amenazas - y se publicaban sin piedad todos sus datos personales poniéndolos en peligro; cómo se penaba con años de cárcel a libreros y editores discrepantes, por esta causa, precisamente: por la de discrepar y hacer uso del irrenunciable derecho constitucional y humano a la libre expresión y difusión de ideas; cómo se aplicaba por primera vez en la historia de los Tribunales de Madrid, donde entre otros reside La Audiencia Nacional, el agravante de odio ideológico, a un supuesto ultra.

Y es que se trata en todos los casos de esto: de Odio ideológico y de persecución. Pero no somos los autores de ese odio, sino sus víctimas. No entraremos, en este programa, a valorar en sí mismos los hechos imputados en cada uno de los casos anteriores, porque poco importan. Poco nos importan a nosotros, pero sobre todo, poco les importan al Sistema. No es eso lo que están juzgando. No son los hechos concretos y su punibilidad. Juzgan una actitud, una ideología, una manera de mantenerse de pie en la vida política. Juzgan, en sí mismo, el hecho de ser falangista, fascista o ultraderechista, que a ellos tanto les da.

Es un paso más en la persecución ideológica sin fin. Quieren que perdamos nuestra memoria. Sí, que no podamos recordar a nuestros muertos; a esos que, como Ramiro Ledesma, celebramos en estos días y que un 29 de octubre de 1936, fueron asesinados en las tapias del cementerio de Aravaca, por el odio y el rencor de los mismos que hoy imponen su ley de Memoria Histórica. Quieren arrancar de calles, plazas y libros, todos los recuerdos, todas las referencias a su derrota y a su sinrazón. Y si alguien discrepa y escribe sobre ello, se le encierra, se le persigue, se le silencia y se incinera el cuerpo del delito: el libro.

Quieren, en definitiva, encerrar en profundas mazmorras cuerpos y almas. Odio ideológico, dicen. Han encontrado odio ideológico con sólo rascar en la cámara de vídeo de un vagón de metro. No lo encontraron en todos y cada uno de nuestros muertos a manos de ETA. No los han encontrado en los sabotajes de que somos víctimas allá donde nos manifestamos bajo los cascotes. Tampoco en las declaraciones del difunto Rubianes, o en las banderas nacionales quemadas en Cataluña y Vascongadas. No encuentran odio ideológico en el asesino de Paracuellos, en Santiago Carrillo, que pasea su calavera viviente por parlamentos, tertulias y conferencias.

No hay, por supuesto, odio ideológico en esa farsa viviente que es el “intolerante” Esteban Ibarra, ni en quienes al grito de “Patada en la cabeza” y “Nacidos del odio, 100% antifascistas” acudían entonces y acuden hoy, cada vez que tienen oportunidad, a reventar cualquier manifestación o expresión libre de ideas, de esos que ellos llaman fascistas y a los cuales, por lo visto, ni odian ni han odiado nunca.

Hoy hablaremos de odio ideológico. De ese odio ideológico hacia todo lo que nació otro 29 de octubre de 1933, en el Teatro de la Comedia, y que sustenta buena parte de nuestro cuerpo doctrinal e ideológico: Falange Española. El odio por el que desde entonces, no pueden perdonarnos. No perdonan nuestra integridad, nuestra valentía de ser fieles a una idea, a unos valores, a un tiempo pasado y a un futuro prometedor. No perdonan que nuestras manos abiertas y extendidas al cielo fueran siempre un canto de amor, frente a sus gritos de odio.

Pero hagamos un aviso a navegantes. A aquellos que creen que son diferentes, que no va con ellos, que sólo hace falta acatar alguna que otra regla para ser tolerados: esto no es contra Josué, ni contra Ramón, Carlos, Oscar o Juan Antonio, ni sólo contra Javier, Ignacio, Borja, Fermín o David. Esto es contra todos ellos y contra cada uno de nosotros. Los que pensamos diferente. Los que siendo odiados hasta el infinito, no odiamos nunca, pero seremos condenados por ello. Parafraseando a Martin Niemöller, cabrá decir aquí:

“Primero vinieron a buscar a los nacionalsocialistas, y no dije nada, porque yo no era nacionalsocialista; luego vinieron por los franquistas, y no dije nada, porque yo no era franquista; luego vinieron por los tradicionalistas y no dije nada, porque yo era falangista; luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada".

Al menos nosotros creemos que hoy, como entonces, “no acabaran con nosotros donde ellos quieran sino donde nosotros queramos”. Acomódense y escúchennos.
Martín Ynestrillas (30/10/2009)


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